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Ohara: el bucólico oasis de los jardines y templos japoneses en Kioto

Redacción | Lunes 04 de noviembre de 2019

La milenaria ciudad de Kioto está rodeada de montañas que abrigan la ciudad y le conceden parte de su misterioso y natural encanto. Y en esas montañas se esconden secretos y paisajes que conectan con el espíritu y la paz interior, como la mágica Ohara.

El Templo Sanzen-in es la atracción principal de esta localidad, conocida por sus campos lilas y de diversos tonos de verde, sus hermosos templos enclavados en la montaña, el miso y el orgullo que profesan por sus tradiciones ancestrales.

En Ohara, a los pies del Monte Hiei, descansan hermosos templos, como los célebres Sanzen-in y Jakko-in

Ohara reúne muchos elementos del refinado encanto rural nipón, a apenas 20 minutos al norte de Kioto, en un paseo en el que es posible disfrutar de colinas frondosas, construcciones tradicionales japonesas y vistas espectaculares, hasta llegar a los pies del Monte Hiei, donde descansan hermosos templos, como los célebres Sanzen-in y Jakko-in, situados en las faldas de este monte, enclavados en un entorno lleno de plantas, flores y arroyos que sorprenden y refrescan el ascenso.

En Hiei no es solo posible cruzarse con algún oharame, los vendedores ambulantes del barrio, sino con una infinidad de tiendas y puestos artesanales con piezas de madera y cerámica de gran belleza. Jardines y bosques exuberantes protegen la intimidad de los visitantes, que pueden alojarse en alguno de los ryokan que se encuentran en la zona, sumergirse en las reconfortantes aguas termales o degustar las célebres especialidades kaiseki, con menús que rayan en el virtuosismo en le preparación de vegetales, encurtidos y otros productos locales.

En Ohara, el miso es el rey: más de cien tipos diferentes de este alimento se producen en esta zona, en especial de miso blanco, con su característico sabor dulzón y profundo, perfecto para elaborar salsas y acompañamientos.

El hechizo de los jardines de Sanzen-in

La estrella de Ohara es Sanzen-in, un templo fue fundado por el monje Saicho, responsable de introducir el budismo Tendai en Japón en el año 804. Su majestuosa entrada invita a explorar sus cuidados jardines y santuarios, sumergidos en un mar de musgo verde, cedros, rocas y arbustos cuidadosamente colocados para sorprender y relajar al visitante. Sus estanques son resguardados por estatuas de piedra de Jizo, el protector de niños y almas en el limbo.

Sanzen-in, un templo fue fundado por el monje Saicho, responsable de introducir el budismo Tendai en Japón

Desde la entrada, los visitantes acceden a varios edificios: el primero de ellos, el Kyakuden o sala de invitados, reúne una colección de obras de caligrafía japonesa y pinturas en puertas correderas, hasta abrirse al delicado Shuhekien, un jardín tradicional japonés con sus típicos elementos de agua, colinas y árboles.

En Sanzen-in los jardines invitan a la contemplación, al retiro y la meditación, en un juego de colores, dimensiones y formas que parecen un capricho de la naturaleza, pero que encierran un profundo significado, relacionado con la armonía entre el mundo y la humanidad, la belleza y el equilibrio. Perderse en sus senderos, caminar sobre sus puentes, oler las flores y observar las ofrendas y las peticiones son parte de la experiencia que enamorará a los visitantes de Sanzen-in.

Durante el momiji, momento del otoño en el que las hojas cambian de color, Ohara se transforma para recibir las miradas de los viajeros que quieren perderse en la paleta de colores del otoño. Pero Sanzen-in merece ser visitado durante todo el año, no solo por el espectáculo de la naturaleza, sino también por el patrimonio que atesora, desde esculturas del siglo X a la conocida estatua del Buda Amida, flanqueado por dos pupilos arrodillados y por los monjes que cuidan el lugar, narradores de la historia y el significado de esta impresionante pieza.

La presencia de Buda no se limita a las grandes piezas: pequeñas figuras votivas se encuentran escondidas en los extensos jardines, en posiciones que emulan el juego, la devoción, la risa y la emoción, y que recuerdan la huella de lo humano en este espacio divino y celestial.

La tranquilidad de este lugar y de las inmediaciones del Monte Hiei, con su atmósfera zen, romántica y bucólica, crean el escenario perfecto para un paseo, para tomar el té, o simplemente para dejar que el tiempo se detenga.

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