DESTINOS

Antalya, la milenaria ciudad del sur de Turquía

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Enrique Sancho | Martes 07 de abril de 2015
Esta ciudad y sus playas reciben más turistas que la propia Estambul, pero también más que París o que cualquier destino español y solo unos pocos menos que Nueva York.


Si no fuera porque la frase se ha convertido en tópico casi sin valor, cabría decir que Antalya, en la costa sur de Turquía, es el secreto mejor guardado del Mediterráneo. Y en este caso no lo es porque se trate de un pequeño rincón aislado, de gran belleza, sin apenas turismo, sino por todo lo contrario. Son más de 15 millones de turistas los que llegan cada año a Antalya, se alojan, entre otros, en sus más de 500 hoteles de cinco estrellas (más de los que hay en toda España) y ocupan algunas de sus casi ¡600.000! camas. La mayoría de ellos se distribuyen en sus muchos kilómetros de playas de toscos guijarros y aguas templadas. La región de Antalya, conocida como la Riviera turca, tiene una temperatura media de 24 grados y 300 días de sol al año.
Antalya es, en efecto, uno de los grandes polos de desarrollo turístico en el siglo XXI. Los visitantes actuales en la zona, fundamentalmente rusos, siguen los pasos que en su día trazaron los griegos tras su epopéyica victoria en Troya. Algunos guerreros y altos dignatarios de regreso de la batalla para rescatar a Helena, se fijaron en la baja costa mediterránea, la llamada Pamphylia, y allí fundaron ciudades a imagen y semejanza de las de Grecia. Lo mucho que queda de aquellas fundaciones jalona la bellísima línea costera del sur de Turquía, lugares con menos épica que la de Troya, pero cuajados de historia. Hay que verlos con calma y la mejor base para hacerlo es la capital, Antalya.
No hace falta mucho tiempo para descubrir sus encantos, hoy sin duda devaluados desde los tiempos del emperador Adriano, uno de sus más ilustres residentes, que estuvo aquí en el año 130. Sofisticada y de carácter liberal, la urbe posee todas las ventajas de las grandes ciudades –museos, restaurantes, bares, tiendas...– pero también el encanto de su barrio antiguo, Kaleiçi, cuyas murallas protegieron antaño la ciudad de los enemigos y hoy la preservan del arrollador tráfico. Tiene encantadoras callecitas cubiertas de tiendas con los inevitables souvenirs y las coloridas cajas con delicias turcas que se compran por poco más de un euro, hay un bello puerto rodeado por una antigua muralla, con buenos restaurantes y terradas en los que disfrutar de pescado fresco y del que parten las tradicionales goletas turcas que recorren el litoral o dan simples paseos turísticos... Hay también, al menos, dos monumentos notorios: el minarete acanalado de Yivli, visible desde cualquier parte de la ciudad, y la Puerta de Adriano, de noble belleza, encajada entre dos sólidos torreones y un tanto hundida respecto al nivel de la calle, aunque ambos monumentos están un poco agobiados por una avenida que cruza la ciudad, feas construcciones modernas y coloridos anuncios de restaurantes baratos de doner kebab. Sin embargo, esos hitos representan las dos almas de la ciudad, de la región y casi del país entero: la herencia grecorromana y la cultura otomana. Y algunos de los mejores restos de ambos se encuentran a un paso.
Aspendos, la ciudad de los adivinos
A poco más de media hora de Antalya está Aspendos, fundada, según la leyenda, por dos figuras enormemente sugestivas de la expedición griega a Troya, los sacerdotes Mopsos y Calcas. Estos dos adivinos no llegaron a ver el magnífico teatro romano de Aspendos, que data del siglo II, bajo el reinado de Marco Aurelio, el más airoso y el mejor preservado y extenso de toda el Asia Menor, con capacidad para más de 12.000 espectadores. Vale la pena subir a lo alto de su graderío para comprobar su estupenda acústica y apreciar el impresionante frontal del escenario y, en las últimas filas, las inscripciones grabadas en ciertas piedras con los nombres de los que las tenían reservadas. Si se tiene la oportunidad, no hay que perderse el Festival de Ópera y Ballet de Aspendos, de mediados de junio a principios de julio. Los restos de la antigua población también muestran ruinas romanas que bordean la parte alta y sobre todo el acueducto, una silueta elegante y melancólica en la llanura cruzada por un pequeño río.
En el viaje de regreso a Antalya, la otra parada obligatoria es Perge, ciudad absolutamente grandiosa aunque hoy se muestre totalmente arruinada. Como todas las poblaciones de la zona, Perge pasó de mano en mano durante siglos, siendo sus poseedores muy generosos con ella. Dice la historia que a Alejandro Magno se le rindió sin más en el 333 antes de Cristo. En Perge destacan el teatro, el estadio, del que se pueden ver sus túneles de acceso y algunas filas de asientos originales, y el ágora o plaza mayor, de la que parten las calles salpicadas de columnas, capiteles esculpidos y fuentes. Mucho de lo que brilló en Perge, Aspendos y en toda la región, se encuentra en el Museo Arqueológico de Antalya, pequeño y lleno de maravillas. Allí están las colosales estatuas de dioses y emperadores, los sarcófagos, como el de los trabajos de Hércules, una obra magistral, los mosaicos, la delicada bailarina de piedra bicolor... y las reliquias de otro ilustre habitante de la zona, Papá Noel, que aquí se conoce por su verdadero nombre: San Nicolás.
En busca de Santa Claus
La ruta que lleva en busca de la ciudad de San Nicolás, es una de las más atractivas al oeste de Antalya, resulta un poco larga, pero merece la pena. El camino trascurre bordeando una costa sinuosa y agreste con numerosas islas. Gracias a lo accidentado de la costa, el golfo de Fethiye se ha librado de las grandes aglomeraciones, pero sus numerosas y bellas playas siguen atrayendo a un gran número de visitantes, especialmente la laguna arenosa de Olu Deniz, cuyas playas gozan de gran fama. La antigua región de Licia, donde nació y vivió San Nicolás, todavía conserva un esplendor tan decadente como mágico.
La historia real dice que San Nicolás fue un obispo cristiano que vivió en el siglo IV en Myra, en Licia, una provincia romana protegida por la inmensa cordillera de Toros, que llega a alcanzar cimas que superan los tres mil metros, y parece que fue elegido obispo por ser el primero que cruzó la puerta de un templo cuando los sacerdotes estaban discutiendo quién debía ser el próximo obispo. Aunque en su vida hubo hechos polémicos, como la destrucción del gigantesco y hermoso templo de Artemisa, pronto se ganó fama de bondadoso y generoso. Se dice, por ejemplo, que en cierta ocasión dejó caer por el tiro de una chimenea unas monedas de oro que cayeron sobre las medias de unas jóvenes destinadas a la prostitución que las habían puesto allí a secar, lo que las liberó de su destino. De ahí parece venir la costumbre de poner medias, calcetines o zapatos para recoger los regalos de Santa Claus. También curó milagrosamente a niños o les libró de la muerte, por lo que su figura se asocia siempre a los más pequeños.
Esa misma historia cuenta que cuando los musulmanes invadieron Turquía un grupo de cristianos (o buenos creyentes o buenos comerciantes) trasladaron en secreto los restos de San Nicolás y los llevaron a Bari en Italia. En la iglesia de San Nicolás de Bari se veneran sus reliquias. Aunque alguna quedó en Myra: un fragmento de mandíbula, otro de cúbito y algunos trocitos más que, lejos de venerarse y ser una fuente de milagros, se exponen en el interior de un bello relicario, en una de las salas del museo arqueológico de Antalya. No está tan claro por qué los holandeses celebran cada año la llegada del santo el 5 de diciembre, en un barco que atraviesa sus canales y que procede de... Alicante. Tal vez se deba a que Bari perteneció al reino de Nápoles que a su vez pertenecía a España, pero quién sabe. En todo caso, hoy San Nicolás es uno de los santos más populares en el mundo, tiene más de 2.000 templos bajo su advocación, es patrón de la iglesia ortodoxa, de los marinos, de Rusia, Grecia y Turquía. No lo es de Finlandia, aunque debería, ya que su “casa” en Rovaniemi, en el Círculo Polar Ártico, es uno de los mejores montajes turísticos y uno de los grandes negocios en torno a Santa Claus.
Aquí, en Turquía, siguiendo su rastro se puede conocer lo mejor del extremo occidental del país. Nació en Patara, una importante ciudad romana cuyos restos permanecen majestuosos detrás de las dunas de la playa. Con sus más de diez kilómetros, es la más larga del país y está totalmente protegida, no sólo por el yacimiento arqueológico, sino por ser el lugar preferido de las tortugas marinas para poner sus huevos. Se trata de un lugar mágico, casi fantasmagórico, donde nada parece haber cambiado. El siguiente paso en la ruta es Myra, donde Nicolás fue obispo después de peregrinar a Tierra Santa. También permanece en ruinas, pero es un lugar sobrecogedor que a veces recuerda a Petra. Además de un impresionante teatro donde se celebra cada verano un festival, aún se conservan muchas de las tumbas de los reyes licios excavadas en la roca, a modo de panal. La razón de ser de esta necrópolis vertical, construida en la ladera de un peñasco, era facilitar el trabajo a los ángeles que, se creía, descendían desde el Hades para recoger las almas de los difuntos: así, dispuestos los cuerpos ordenadamente en la montaña, los querubines ahorraban tiempo y trabajo durante el transporte de conciencias. Aquí y allá surgen también gigantescos sarcófagos abovedados, con forma de barco invertido. Los licios, cuya civilización fue una de las más sofisticadas del Mediterráneo, fueron ferozmente independientes y estaban animados por una tenaz determinación de no ser conquistados. De hecho, esta región fue la última en ser incorporada al Imperio Romano. Arqueólogos y lingüistas no han logrado aún descifrar la lengua de los licios, perpetuando así el misterio de su cultura.
Cerca de allí, en la moderna Demre, se han ocupado de que nadie se olvide de que es la ciudad donde murió el santo. Hay imágenes de Papá Noel o de Santa Claus por todas partes y durante todo el año. La iglesia de San Nicolás fue construida en el siglo III y guardó los restos del santo desde su muerte en 343 hasta que unos mercaderes italianos se los llevaron a Bari en 1087. Se construyó en época bizantina un importante monasterio en honor de San Nicolás que sirvió como modelo para muchas iglesias posteriores. Fue restaurado por el zar Nicolás II de Rusia en 1862. En su interior se conservan numerosas pinturas murales y el sarcófago en que descansó el santo hasta su viaje a Bari.
La ciudad sumergida
Entre aromas de higueras, de pino mediterráneo, de jazmín y, también, de vez en cuando, de cordero a la brasa, el recorrido lleva de nuevo a la costa, una costa todavía salvaje, que no ha sido devastada por la industria turística, donde, aún hoy, muchas de las bahías e islas más deslumbrantes siguen siendo inaccesibles por tierra. Por lo que una buena experiencia es descubrir la costa en barco, en una de esas goletas turcas que tan elegantemente surcan las aguas y en las que todavía es posible apreciar el crujir de la madera, mientras los aparejos de latón relucen al sol y la cubierta de teca invita a tumbarse para ver aparecer calas de ensueño sobre la proa, para descubrir playas y ciudades desconocidas en los mapas del hombre de tierra. El recorrido, se conoce como mavi yolculuk o viaje azul.
Dos de esas ciudades desconocidas y misteriosas son Simena y Kekova, un revoltijo de casas cuadradas construidas en la ladera de un risco, junto a tumbas líceas, un anfiteatro griego y en lo alto del promontorio, las ruinas de un castillo de los cruzados. Pero lo que hace este lugar especial son sus restos sumergidos tras sucesivas explosiones volcánicas en el siglo II y la continuidad que ofrecen en tierra firme. Al surcar las aguas para acercarse, se ven por la borda columnas romanas y griegas, edificios, escalinatas... restos sumergidos de las antiguas ciudades. También, de vez en cuando, porque la pesca aquí ha sido esquilmada, meros, barracudas, besugos, peces doncella, rayas...
Las ruinas de la antigua ciudad de Kekova, comienzan en la montaña y se van introduciendo en las profundidades del mar Mediterráneo hasta una profundidad de 25 metros. La mayoría de los edificios históricos bajo el agua están en ruinas y algunos han sido cubiertos por la arena del mar debido a las corrientes. Hay cientos de ánforas rotas, según dicen en la zona, por los cazadores de tesoros. Es fascinante ver –gracias a estas cristalinas aguas– el fondo del mar con edificios, calles, ruinas... Curiosamente, está prohibido bucear en la zona.
Delicias turcas
Tantas visitas despiertan el apetito, pero no hay que preocuparse, se está en el lugar adecuado. Aunque se denominan delicias turcas a los célebres dulces gelatinosos, con almíbar y trocitos de pistacho, avellana o nuez, puede darse el mismo calificativo a toda la cocina turca, que goza de fama mundial, y en la que se pueden encontrar especialidades realmente sabrosas, mezcla de hierbas y especias del país. Aunque algunos platos turcos hayan encontrado asiento entre la comida rápida, en realidad la preparación en los fogones es un proceso meticuloso y calculado y a su degustación hay que dedicarle tiempo, como hacen los turcos en sus casas y sus celebraciones. Dentro de los primeros platos son recomendables las sopas como la bulama çorbasi que es sopa de yogurt y ayran, la yogurlty dövme çorbasi, de trigo con huevos y yogurt o oz çorbasi, caldo de carne con trigo y yogurt. Entre las ensaladas, destaca la coban salatasi que es la ensalada de pastor con tomates, pepinos, olivas y cebolla, y la patlican salatasi, que consiste en un puré de berenjenas asadas con yogurt, aceite de oliva, ajo, limón y aceitunas negras. También carnes como yogurtly kebap, pinchitos de carne servidos sobre pan tostado y servidos con una salsa de tomate y yogurt, el kuzu dolma, delicioso cordero relleno con arroz y pasas; el famoso doner kebab, carne asada alrededor de un pincho giratorio en sentido vertical; y el biber dolmasi, que son tomates rellenos con arroz y carne picada.
En pescados, algunas sugerencias interesantes son las karides guvec, gambas con salsa de queso al horno en puchero de barro; el midye dolma, mejillones rellenos con arroz y pasas; o el kilic sis izgara, el pez espada asado. Y para terminar, un buen postre, donde se hace imprescindible probar el tel kadayif, que son hojas de pasta hecha con nueces y pistachos, el kadin gobegi, dulce de «ombligo de dama», o el baklava trozos de hojaldre compuesto por pistachos y almíbar. Además no hay que dejar de tomar sus muy conocidos yogures –aquí dicen que los suyos son los auténticos, y no los griegos que se han llevado la fama– y tés. Un buen complemento es una copita de raki, la bebida tradicional turca –una especie de anís aguado–, y para terminar un delicioso café turco, kahve, de excelente aroma y sabor, servido en tazas pequeñas y sin azúcar. Si se tiene suerte, algún experto se ofrecerá a leer el futuro en los posos que deja.
Y, además, la Expo 2016
Antalya está calentando motores –en realidad los está acelerando porque aún hay mucho por hacer– para acoger del 23 de abril al 30 de octubre de 2016 su Expo 2016 que tendrá lugar bajo el tema “Las flores y los niños: una vida verde para las generaciones futuras”. Es la primera vez que Turquía acoge una Expo y ha dedicado un espacio de 1.100 hectáreas para mostrar lo mejor del mundo de la jardinería, las flores y la plantas e incrementar la conciencia ecológica de las futuras generaciones. Se espera la participación de más de 100 países y 30 organizaciones internacionales y la visita de más de ocho millones de personas, de las que cinco serán extranjeras. Está prevista una inversión de 600 millones de euros.
Junto al obvio protagonismo de la vegetación en sus más variadas muestras, la Expo Antalya ofrecerá cuatro áreas temáticas principales y tendrán lugar hasta 20.000 actividades diferentes incluyendo mesas redondas, encuentros, seminarios, eventos de artes escénicas, conciertos y el más importante Congreso sobre los niños. Los puntos fuertes sobre los que girará la muestra son la agricultura ecológica y orgánica, el cuidado del medio ambiente, las energías alternativas, la vida verde para futuras generaciones y la solución de problemas medioambientales.
Está prevista la construcción de una gran torre de 110 metros de altura, un gran lago artificial con la Isla de los Niños en medio, un espectacular anfiteatro, un Museo de Agricultura y Medioambiente, dos autopistas, una vía de tranvía y la mejora de todas las infraestructuras en la región.



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