TURISMO INTERNACIONAL

Un viaje tranquilo, como los de antes, en el Alentejo

Redacción | Viernes 14 de julio de 2023

A menudo, el ansia por exprimir al máximo las vacaciones nos impide disfrutar de la experiencia y detenernos para saborear el momento. Y, además, estamos siempre conectados. En Portugal, la región del Alentejo lleva el slow travel en su ADN, sorprendiendo a los viajeros con un ritmo de vida más tranquilo, y animando a desconectar del resto del mundo para poder conectar con su tradición de una manera más profunda y auténtica. Es hora de rebobinar para volver a viajar como se hacía antes.

Cuando el tiempo se para en el Alentejo

Los pueblos del Alentejo tienen una característica muy especial, de esas que es difícil explicar con palabras, que solo se puede afirmar y sentir una vez en ellos. Puede que sea la luz o su identidad propia, pero una vez en ellos, el viajero se verá detenido en el tiempo, en una realidad paralela que deja muy buen sabor de boca.

Empezando por Marvão, uno de los pueblos más bonitos de Portugal, su cuidado y amurallado casco antiguo lleva a los visitantes de empedradas y estrellas calles blancas a los muros de un castillo medieval que sorprende por su nivel de conservación. Allí, además, se celebra a finales de julio el Festival Internacional de Música -clásica- de Marvão, un imprescindible por la relevancia de los artistas, que se dan cita en un escenario, cuanto menos, único.

Cerca se encuentra Castelo de Vide, que regala esta misma sensación entremezclada con la cotidianidad de un pueblo de mayor tamaño. También coronado con un castillo muy bien conservado, en el que se encuentra la Casa Ciudadana de Salgueiro Maia, natural de la localidad y pieza clave en la Revolución de los Claveles, sus calles nos llevan por siglos de historia. Su Judería es uno de sus ejemplos más importantes de la presencia de los judíos en Portugal al ser una de las mejor conservadas del país.

Monsaraz es otro de los muchos imprescindibles para viajar como en el pasado. Con sus murallas medievales, callejuelas y pequeñas tiendas de artesanía, Monsaraz tiene todo para cautivar a todo viajero en un segundo. En el centro de la localidad se sitúa su castillo, desde el cual se observa una panorámica del lago de Alqueva.

Una vez se ha explorado el pueblo, toca reponer fuerzas en una taberna tradicional para degustar algunas delicias alentejanas y, si uno se quita la vergüenza, entablar conversación con los locales. La mejor manera para nutrirse de consejos que suelen aparecer en las guías de viaje.

Otro pueblo en el que parece que el tiempo corre a otro ritmo es Mértola, calificado de pueblo museo. No es para menos. Sus calles de casas blancas, coronadas por un castillo medieval se proyectan sobre el Guadiana, regalan un paseo evocador entre su tradición. Para llevarse algo de su identidad, junto al mercado se encuentra, donde se venden las mantas de trapos de lana cuyo diseño y técnicas de fabricación están inspirados en las usanzas locales.

Bañarse en un río o lago

Para volver a la infancia, la de aquellos afortunados con pueblo, no hay nada como refrescarse en agua dulce y descasar con el sonido de la naturaleza. La gran cantidad de ríos y lagos que atraviesan el interior del Alentejo garantizan que siempre haya cerca alguna playa fluvial. En el lago de Alqueva, las de Mourão o Amieira, entre otras, cuentan con la distinción de la bandera azul, y además su extensión es perfecta no solo para bañarse, sino también para hacer piragüismo o surcar las aguas en lanchas o pequeños cruceros como los de Nautialqueva.

Quienes también sean amantes de los animales deben hacer una parada en el estuario del río Sado, una maravilla natural que actúa como punto de observación de delfines y aves marinas.

Deleitarse con la gastronomía costera

El descanso pasa también por el paladar y, en este caso, no puede quedar fuera del itinerario la gastronomía de la costa, donde pasear por los pueblos pesqueros del Atlántico, y probar su magnífico producto fresco en recetas tradicionales del Alentejo, un ejemplo de su vida pasada. Vila Nova de Milfontes, localidad situada junto a la desembocadura del río Mira, tiene multitud de restaurantes familiares en los que pescados y mariscos de primera calidad son convertidos en platos sencillos pero llenos de sabor. A la parrilla, a la brasa o en tradicionales caldeiradas y ensopados, la cocina casera de la zona dejará muy buen sabor de boca.

Tras la comida, siempre acompañada del vino alentejano, nada como relajarse en la playa de Almograve, un pequeño oasis de arena escondido entre acantilados. En la cercanía, quedan otros pueblos como Porto Covo, Zambujeira do Mar o Sines, desde los que ver la puesta de sol en el mar es un auténtico espectáculo.

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