VIAJEROS

Relato viajero: viaje a Mozambique

(Foto: Salva Jiménez Palacios).
Salva Jiménez Palacios | Martes 29 de marzo de 2016


Aterrizamos en Maputo, era de noche y con bastante calor en el ambiente, no conocíamos la ciudad y por motivos de economía había reservado un hotel en el lado opuesto de la bahía de Maputo. No contamos con que para llegar a ese lugar había que tomar un ferry. Más que un ferry, aquello era un transbordador, cargaba coches y de pasajeros el número era ilimitado. Evidentemente, como suele ser habitual en mí, ni sabía a qué hora partía el último ni me importaba mucho la verdad. Pero otra vez más, la suerte estaba de mi lado, cogimos el último.
Aquel lugar, pueblo de pescadores célebre por sus camarones responde al nombre de Catembe. Sólo había un hotel, el nuestro. Poco más.
Al día siguiente, recorrimos Maputo. Ciudad típica africana, con un pasado de edificios coloniales, destaca el “ caminhos de ferro de Mozambique¨ la estación de ferrocarril con sus estructuras de hierro forjado de color blanco y verde, con su cúpula diseñada por Gustavo Eiffel, y de estilo victoriano en su interior.
Visitamos también los lugares que más me gustan los mercados. Allí se mezclaba la luz cenital tamizada por sus tejados agujereados, los colores de las frutas y el olor a verdura.
Maputo, capital de avenidas anchurosas, calor pegajoso y cervezas a destajo.
El segundo día volamos al norte, a Pemba 3 horas de vuelo. Nos habían aconsejado gente del país, que no se nos ocurriera volar con la compañía local, nos dijeron es “impuntual y no muy segura “. Evidentemente no hicimos caso, como siempre. Salimos con puntualidad inglesa, el servicio impecable, llegamos sanos y salvo. En honor a la verdad, ha sido uno de los vuelos más placenteros que he hecho con compañías africanas.
Pemba tiene playa y playa. Pero era nuestro punto de partida hacia el archipiélago de las Quirimbas. Alquilamos un coche con chofer. Nos desplumó a la ida y a la vuelta. Más de 4 horas de camino, el último tramo por pistas de tierra, lo que nos gusta. Y llegamos al imaginario embarcadero cuyo nombre es imposible de pronunciar algo así cómo “ Tangañangue”. Lo que yo digo impronunciable.
En realidad lo del embarcadero es un eufemismo, lo único que había era un inmenso y majestuoso baobab y el agua. De allí partimos a la que sería la isla más bonita que he visto jamás, la Ilha de Ibo.
Tres intenso días pasamos en esa joya del índico, gente noble y pura encontraríamos allí. En cada calle, en cada esquina se respiraba historia, historia que a veces hace avergonzarnos a los humanos, historia de una ignominia escrita también en Zanzibar e Isla de Goré.
Fotos, muchas fotos, me gustaba lo que veía, la luz, la gente, la arquitectura.
El mar con su suave oleaje, y la “cerveja bien gelada “ nos mecía con su sonido y nos transportaba a un estado de conciencia difícil de olvidar.
Todo lo que hay en ese lugar, lo trae el mar, y lo desembarcan incesantemente los estibadores.
Desde su embarcadero, contemplé con ojos de fotógrafo como las primeras luces del día iluminaban rostros de jóvenes impacientes, madres con pesadas cargas físicas y emocionales, algún que otro blanco misionero y mucha indolencia en rostros de machos africanos.
Otro lugar mágico para nosotros fue Illa de Mozambique,
Isla de Mozambique, es una isla unida al continente por un puente de 3 kilómetros, antigua capital del país hasta 1898 catalogada como patrimonio de la humanidad, allí nos alojamos en un pequeño hotel muy animado regentado por una familia de franceses, tres días de fotos, paseos y más cervezas.
Ilha de Mozambique tiene el encanto de retroceder en el tiempo varios siglos, la arquitectura, las calles, los pescadores, los mercados, allí se respira ese aire de gran ciudad que fue en su día y que ahora está en decadencia. Legado que dejan, como su antiguo teatro, su imponente hospital, su palacio de justicia, su catedral, ese aire de haber sido importante y que saben que ........ jamás volverá
Aquí reproduzco parte lo que escribí en mi último día en Mozambique.
Últimos instantes en este hermoso país bañado por las aguas del Índico, paisajes de belleza sin igual, aguas de color turquesa, y tierras del color de la sangre.
Es en este país, donde he encontrado un pueblo que disfruta de la vida,
Es en este país, dónde he encontrado las almas más puras.
Es en este país, dónde me he sentido seguro y libre.
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