Hay palabras que viajan mejor que las recetas, y el picadillo es una de ellas. En España, la mente rápidamente nos traslada a esa “prueba de chorizo” que chisporrotea en la sartén antes de convertirse en embutido. En cambio, en Costa Rica, el picadillo tomó otro camino, muy en línea con ese “pura vida” que se escucha en cada esquina. En consonancia con su idiosincrasia, lo primero que hay que saber es que el picadillo tico se hace con verduras y tubérculos -incluso hojas y flores-, picados. Se sirve dentro de una tortilla caliente, lo que llamamos en Costa Rica un “gallo”. Así, por ejemplo, el chayote, una hortaliza similar al calabacín, sustituye al cerdo; el achiote, una semilla rojiza usada como condimento natural, toma el lugar del pimentón; y las tortillas de maíz reemplazan al pan.
Sobre este platillo tan típico de Costa Rica gira La Ruta del Picadillo, una iniciativa del Instituto Costarricense de Turismo (ICT) que propone descubrir el país a través de sus cocinas, mercados y productos locales, viajando por San José, Cartago, Puntarenas, Guanacaste, Heredia, Alajuela y Limón. Porque si algo demuestra este recorrido gastronómico es que el país también se entiende bocado a bocado.
Un país que se pica fino
El picadillo tico es una de las preparaciones más arraigadas de la cocina costarricense. Presente en la mesa cotidiana, pero también en celebraciones religiosas y fiestas populares, forma parte de esas recetas de aprovechamiento que se transmiten de generación en generación.
Como ocurre con muchos platos populares, el picadillo tiene múltiples versiones según la región. Funciona como un auténtico mapa comestible del país: una cocina de kilómetro cero donde cada provincia lo interpreta con lo que tiene más cerca, en una despensa que es el propio entorno. Por eso varían los ingredientes, las texturas e incluso los colores, siempre dentro de una tradición humilde y profundamente ligada al paisaje que lo rodea.
Un plato, siete provincias
San José marca el punto de partida de la Ruta del Picadillo, donde la preparación se elabora con hojas de chicasquil, una planta de sabor terroso que recuerda a las espinacas más intensas. También aparecen recetas con flor de itabo, las flores blancas del árbol de yuca con un sabor ligeramente amargo, especialmente durante la Semana Santa.
En
En Guanacaste, se vuelve más desgranado y agrícola. El chilote, una mazorca de maíz aún tierna que aporta dulzor y frescura, define una cocina profundamente ligada a la tierra y a la tradición campesina. También son habituales las musáceas, la familia del plátano y el banano, fundamentales en la gastronomía local. Todo resulta más rústico, más conectado al fuego lento y al paisaje sabanero.
En Puntarenas, especialmente en zonas del Pacífico, el recorrido se abre a lo inesperado con el picadillo de bambú. El brote comestible se cocina durante horas hasta perder su amargor y adquirir una textura suave, casi mantequillosa. Un ejemplo de cómo la cocina costarricense integra ingredientes poco habituales dentro de su tradición cotidiana.
En
El viaje termina en Talamanca (Limón), zona habitada por pueblos indígenas como los bribri, donde aparecen preparaciones con banano verde, cerdo y helecho de rabo de mono, un helecho silvestre comestible tradicional de la zona. Aquí el picadillo trasciende lo culinario para convertirse en un reflejo del paisaje y de la memoria indígena del Caribe costarricense, donde la selva, la humedad y las plantas comestibles forman parte de una misma cultura alimentaria.
La Ruta del Picadillo propone un acercamiento a la gastronomía costarricense desde su cotidianidad, conectando mercados, sodas (pequeños restaurantes populares y familiares típicos de Costa Rica) y comunidades locales a través de una misma preparación reinterpretada en cada región. Un recorrido en el que el territorio no solo se observa, sino que se prueba, y donde cada bocado cuenta, a su manera, cómo un país entero se cocina desde lo cercano.