TURISMO INTERNACIONAL

¿Me permites este baile? Preparando la quinta estación en Austria

Redacción | Lunes 10 de agosto de 2026

Mientras algunos disfrutan de las terrazas y las templadas noches de verano, en los talleres de sastrería vieneses ya se afilan las tijeras y se confeccionan los primeros fracs.

Porque en Austria no hay cuatro estaciones, sino cinco: a la primavera, el verano, el otoño y el invierno se suma la mítica temporada de los bailes, que cada año convierte a Viena en la capital mundial del vals.

La historia de esta tradición se remonta al siglo XIX, cuando los bailes de la corte imperial, antes reservados a la aristocracia, empezaron a abrirse a la burguesía y a los gremios de la ciudad. El gran responsable de este auge fue Johann Strauss hijo, quien compuso su primer vals a los seis años y desde 1863 dirigió los bailes de la corte, consolidando el vals vienés como símbolo de elegancia y alegría de vivir. Antes del Congreso de Viena de 1815, este baile llegó a considerarse indecoroso por lo cercano de sus movimientos; con el tiempo se transformó en todo lo contrario: la seña de identidad cultural más reconocible del país. No es casualidad que la UNESCO lo declarase en 2017 Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

¿Cuándo empieza y cuántos bailes hay?

La temporada arranca simbólicamente el 11 de noviembre, coincidiendo con el inicio del carnaval austríaco, y se extiende hasta el martes de carnaval (Faschingsdienstag), justo antes del Miércoles de Ceniza. Su momento de mayor efervescencia llega en enero y febrero, cuando Viena se convierte, literalmente, en la capital mundial del baile.

Y las cifras lo confirman: solo en la ciudad se celebran entre 400 y 500 bailes diferentes durante estos meses, sumando más de 2.000 horas de vals repartidas en cientos de veladas. Prácticamente cada gremio, profesión o institución tiene el suyo propio.

Un baile para cada gusto

Aunque el más mediático es, sin duda, el Baile de la Ópera, que transforma la Ópera Estatal de Viena en el salón de baile más famoso del mundo durante una sola noche —con más de 5.000 invitados y una retransmisión televisiva que llega a millones de espectadores—, la oferta es mucho más amplia y variada:

Cada uno conserva su propio carácter, pero todos comparten un mismo ritual: la apertura protagonizada por parejas jóvenes —muchas veces estudiantes que ensayan durante semanas— con una coreografía de polonesa y vals, y el célebre grito del maestro de ceremonias, "¡Alles Walzer!" ("¡Todos al vals!"), que da la señal para que el resto de invitados se lance a la pista.

La etiqueta: nada se deja al azar

El código de vestimenta suele especificarse en la propia invitación. En los bailes más solemnes se exige frac con pajarita blanca a los caballeros (el negro queda reservado al personal de sala) y vestido largo de gala a las damas. En la mayoría de los demás bailes basta con un esmoquin. No es raro que sastrerías como la de Lambert Hofer empiecen a recibir los primeros encargos a finales del verano.

Más allá del vestuario, la auténtica etiqueta vienesa tiene que ver con el comportamiento: buen humor, modales cuidados, gusto por la conversación y, sobre todo, la disposición a bailar. Como suele repetirse en los círculos de danza vieneses, el verdadero protagonista de un baile siempre es el invitado.

¿Y si no se sabe bailar vals?

¡No te preocupes! Viena cuenta con una sólida tradición de escuelas de baile y en un par de clases se aprender los pasos básicos del vals —y, de paso, los primeros movimientos de la polca—.

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