Pocas ciudades pueden presumir de un vínculo tan estrecho con un deporte como el que une a Pamplona con la pelota vasca. Más allá de los Sanfermines que la hicieron universal, la capital navarra guarda entre sus murallas la esencia de una tradición que sigue latiendo en sus frontones y que hoy se abre al visitante durante todo el año.
Con la etiqueta de capital mundial de la pelota vasca, la ciudad ha convertido su arraigo pelotazale en una apuesta turística y cultural que mira al futuro desde la sostenibilidad y la innovación. Su traducción práctica es un programa que permite vivir la pelota más allá del partido durante todo el año: rutas y visitas guiadas que recorren el centro histórico integrando el relato de la pelota en la historia de la ciudad, veladas nocturnas en la Catedral o la posibilidad de sentir de cerca la velocidad del remonte en el Frontón Labrit. La agenda tiene además una cita de altura los días 11 y 12 de noviembre, cuando el propio Labrit acoge el Congreso de la Pelota Vasca, un encuentro que reúne a aficionados, profesionales y empresas para analizar la situación del deporte y los retos de su futuro.
Ese diálogo entre tradición y contemporaneidad tiene también una lectura artística. El escultor Jorge Oteiza, uno de los nombres fundamentales del arte español del siglo XX, vio en el frontón la expresión perfecta de su búsqueda incesante del vacío y el espacio, fusionando el deporte tradicional con la vanguardia. Su huella sigue presente en distintos puntos de la ciudad, que pueden recorrerse siguiendo una ruta dedicada a sus esculturas.
El frontón, un ágora de piedra
El escenario de toda esta historia es el frontón, un espacio que en Pamplona funciona como auténtica ágora: el lugar de encuentro donde la ciudad se reúne, comparte y se reconoce. El más popular de todos es el Frontón Labrit, conocido como "La Bombonera" por el ambiente que se vive en un día de partido y considerado el gran templo de la pelota en la ciudad. Inaugurado en 1952, entre semana acoge entrenamientos y partidos de clubes, y los fines de semana, encuentros de pelota profesional a los que cualquier visitante puede asistir. A pocos pasos, junto a las murallas, se levanta el Frontón Jito Alai —cuyo nombre significa "fiesta alegre"—, y en pleno Casco Antiguo sobrevive el frontón de La Mañueta, construido en 1913 y célebre por sus curiosos desafíos: apuestas en las que el jugador con ventaja se cargaba con algún hándicap, jugaba con una sola mano o giraba sobre sí mismo antes de golpear la pelota.
Siete siglos de historia, del claustro a la calle
Para encontrar el origen de este vínculo con este deporte hay que remontarse muy atrás. En Pamplona hay constancia escrita de la práctica de la pelota desde 1331, cuando el juego hermanaba ya a reyes, clérigos, nobles y pueblo llano. Durante siglos se disputó en plazas y espacios públicos del centro, ante un público entregado que participaba activamente, proponía reglas y llegaba a acuerdos sobre la marcha. Su rastro quedó grabado en algunos de los rincones más emblemáticos de la ciudad, desde el desaparecido Euskal Jai hasta los propios claustros eclesiásticos, entre los que destaca la Catedral de Santa María la Real, joya gótica que cautivó en su día a Victor Hugo y que hoy puede recorrerse siguiendo la huella de la pelota por el entramado medieval del casco antiguo.
Fue tal su arraigo que, ya en el siglo XVIII, la popularidad del juego —y el peligro de los continuos pelotazos en plena calle— llevó a prohibirlo en las vías de la ciudad y en las inmediaciones de las iglesias. De aquella práctica callejera nació una modalidad singular, jugada a mano y con pelotas muy pesadas: el laxoa. Con el tiempo fueron surgiendo nuevas herramientas y variantes, y Pamplona se consolidó como la cuna de una de ellas, el remonte, modalidad inventada en 1904 por Juanito Moya en la que la pelota se despide con una cesta de mimbre que le imprime un efecto y una velocidad extraordinarios.
Siete siglos después, todo ese legado sigue vivo y al alcance de quien visita la ciudad: en el sonido del frontis, en el ambiente de un día de partido en el Labrit y en una programación que, durante todo el año, permite descubrir por qué en Pamplona la pelota es mucho más que un deporte.