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En la Cuarta Pared: Baila, Baila, Pegamoide

Redacción | Jueves 15 de octubre de 2026

Tientos de una danza macabra

Baila, baila, pegamoide es una obra de teatro danza documento que propone mirarnos en el reflejo de la epidemia de danza que lideró Frau Troffea en Estrasburgo en 1518 para preguntarnos sobre nuestro presente, nuestra capacidad de respuesta y de reacción frente a las crisis colectivas, y el papel del arte para la unión, la denuncia y la diversión.

La danza en continuo movimiento o el movimiento en continua danza

Baila, baila, pegamoide: bailar hasta el agotamiento

Hay propuestas escénicas que nos invitan a dejarnos llevar por la experiencia y otras que, aun despertando nuestra curiosidad, nos mantienen buscando un hilo al que agarrarnos. Baila, baila, pegamoide. Tientos de una danza macabra, presentada en la sala Cuarta Pared, pertenece para nosotros a esta segunda categoría: un espectáculo de gran exigencia física, con una idea de partida sugerente, pero cuya traducción escénica nos dejó más interrogantes que certezas.

La obra toma como referencia la insólita epidemia de baile que sacudió Estrasburgo en 1518, cuando, según las crónicas, numerosas personas se entregaron a un movimiento compulsivo que parecía escapar a su voluntad. A partir de aquel episodio, la propuesta busca establecer un diálogo con la Movida madrileña y preguntarse por las respuestas colectivas ante las crisis, así como por la capacidad del arte para unir, denunciar y divertir.

El planteamiento tiene posibilidades. El baile puede ser celebración y liberación, pero también descontrol, huida o manifestación de un malestar colectivo. Sin embargo, el salto entre la epidemia medieval y la efervescencia cultural de la Movida se nos antoja algo forzado. ¿Qué une realmente ambos fenómenos, más allá de su dimensión colectiva y de la presencia del cuerpo como expresión de una época? ¿Se trata de dos formas de rebelión, de una respuesta al sufrimiento o de una necesidad de escapar de una realidad asfixiante? Son preguntas que la propuesta parece suscitar, pero que no siempre encuentra la manera de desarrollar con suficiente claridad ante el espectador.

Es cierto que no estamos ante una obra que pretenda contar una historia convencional. La ausencia de argumento forma parte de su planteamiento y desplaza el protagonismo hacia el movimiento, la repetición y la resistencia física. Pero prescindir de una narración no significa prescindir de una dramaturgia. También el teatro físico necesita construir relaciones, generar contrastes y ofrecer alguna clase de evolución que permita al público seguir el recorrido de la propuesta, aunque sea desde una lógica distinta de la narrativa.

Y es precisamente ahí donde encontramos nuestra principal dificultad. El movimiento continuo, más que desembocar en una danza que podamos reconocer como una composición coreográfica en constante transformación, termina produciendo una sensación de acumulación. La insistencia y la intensidad, lejos de abrir nuevos significados, parecen por momentos encerrarse en sí mismas. Sin una mayor contextualización o algunas claves que iluminen el vínculo entre los materiales históricos y culturales, el espectador puede acabar más pendiente de seguir el esfuerzo físico que de comprender su sentido.

Hay, no obstante, algo que sí llega con fuerza: el agotamiento. Las intérpretes se entregan a la acción con una exigencia física extraordinaria, y su perseverancia acaba contagiando al público esa fatiga que parece no tener fin. El cuerpo se convierte así en el principal argumento de la representación. Se percibe el esfuerzo, la resistencia y la dificultad de detenerse, hasta el punto de que uno termina compartiendo, al menos parcialmente, el cansancio de quienes están en escena.

Quizá ahí resida uno de los hallazgos de la propuesta, pero también su contradicción. Si se pretende que el espectador experimente el agotamiento de una colectividad atrapada en un movimiento sin salida, el objetivo parece alcanzarse. Otra cuestión es si esa experiencia física basta para sostener el discurso y convertirlo en una reflexión más amplia sobre las crisis sociales y el papel del arte.

Al salir, queda la impresión de haber asistido a un ejercicio de enorme entrega corporal, apoyado en una idea que despierta interés, pero cuyo desarrollo nos resultó difícil de descifrar. Porque contagiar el cansancio no es lo mismo que transmitir con claridad aquello que lo provoca. Y entre ambas cosas se abre la distancia, no siempre fácil de salvar, entre la intención artística y su recepción por el público.

Una última observación

Hay que distinguir entre contagiar el agotamiento y transmitir el sentido de ese agotamiento. Porque no negamos el valor del trabajo físico ni la entrega de las intérpretes, pero nos preguntamos si el esfuerzo alcanza a construir un discurso escénico suficientemente legible.

Además, incluso aceptando su renuncia a la narración convencional, echamos en falta una articulación más clara entre las ideas que propone.

En definitiva ¿hasta qué punto el agotamiento del espectador puede ser una forma de participación en la obra y en qué momento empieza a convertirse en un obstáculo para disfrutarla y comprenderla?

COMPAÑÍA LA PEATONAL
Autoría: Sebastián Moreno
Dramaturgia: Jaime Cano
Coreografía: María Quero
Intérpretes: Sara Cristea, Flavia Forni, Alba Pineda, María Quero, Po Ruiz e Iciar Ventepan
Diseño de iluminación: Pau Duvide
Composición musical y sonido: Kevin Dornan
Diseño de vestuario: Marta Moreno
Maquillaje y caracterización: Uxía Santos Fotografía: Felipe J. Alcoceba
Espacio escénico: Jaime Cano
Ayudantía de espacio escénico y plástica: Axel de Miguel
Fotografía: Felipe J. Alcoceba

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