El artista valenciano convierte las entrañas de una vieja impresora láser en una reflexión sobre la memoria, la tecnología y el futuro de la inteligencia artificial
¿Qué memoria puede guardar una máquina? ¿Y si el rastro de miles de imágenes impresas durante años pudiera convertirse en una obra de arte? El artista Rubén Tortosa encontró una respuesta en un objeto aparentemente insignificante: el tambor de una impresora láser que había llegado al final de su vida útil.
De esa idea nace ‘Los 21 gramos de alma de la máquina’, un proyecto que pudo verse durante un mes en Cruce, espacio madrileño dedicado al pensamiento y la creación contemporáneos. Allí, una pieza tecnológica condenada al desguace recupera su protagonismo y se convierte en el centro de una instalación que invita a pensar en aquello que permanece cuando las máquinas dejan de funcionar.
en aquellos gramos de tóner permanecía la memoria de todas las imágenes que habían pasado por la máquina
Pero la conversación con Tortosa va mucho más allá de una impresora. También nos lleva a las imágenes que dejan huella, a los límites entre lo analógico y lo digital y a una inteligencia artificial que, en su opinión, transformará radicalmente nuestra forma de vivir.
DE LAS ENTRAÑAS DE UNA IMPRESORA AL ALMA DE UNA MÁQUINA
Para empezar, ¿qué tenemos aquí?
Esto es el tambor de una impresora láser, de las de toda la vida.
En 1987, Canon lanzó las primeras impresoras láser en color, las CLC1. A partir de ahí empezaron a hacerse infinidad de impresiones y fotocopias en color. Después llegaron otras generaciones, como las CLC 300 y 500.
En la Universitat Politècnica de València compraron una de estas máquinas para la Facultad de Bellas Artes y yo empecé a trabajar con ella.
¿Y cómo termina ese tambor convertido en una obra de arte?
La máquina funciona mediante un proceso electrostático. El papel se carga eléctricamente para que el tóner se deposite sobre él. La impresora aplica sucesivamente los cuatro colores de la cuatricromía: cian, magenta, amarillo y negro. Finalmente, el papel sale con la imagen impresa.
Me apetecía presentar el proyecto en un lugar diferente
Pero, después de miles de impresiones, el tambor empieza a deteriorarse. Se raya, pierde carga electrostática y el tóner deja de depositarse correctamente. Entonces, el técnico tiene que sustituirlo.
Yo le pedía que me guardara esos tambores porque pensaba que allí estaba contenida la memoria de todas las impresiones realizadas por la máquina.
Aunque esa memoria no se pueda recuperar literalmente…
No, claro. Lo digo en sentido metafórico. Me imaginaba que, de manera inmaterial, en aquellos gramos de tóner permanecía la memoria de todas las imágenes que habían pasado por la máquina.
De ahí surge la idea de los 21 gramos. El Dr. Duncan MacDougall aseguraba según un experimento que había realizado, que el alma pesa 21 gramos cuando morimos. Yo trasladé esa idea al tambor: esos gramos de tóner son el alma de la máquina.
¿Cómo llegó el proyecto a convertirse en una exposición?
La impresora estuvo funcionando durante unos quince años, hasta que dejó de ser posible repararla porque ya no había piezas de recambio. La guardé en los sótanos de la Universidad, pero llegó un momento en que el técnico me dijo que había que retirarla.
Entonces saqué el tambor pensando en este proyecto. Cuando me propusieron hacer una exposición, tuve claro que era el momento de llevarlo a cabo.
¿Por qué elegiste Cruce, en Madrid, para mostrarlo?
Me interesa la interactividad con la IA
Porque es un espacio dedicado al pensamiento contemporáneo y no una galería convencional. Me apetecía presentar el proyecto en un lugar diferente, donde la pieza pudiera funcionar también como punto de partida para la reflexión.
Lo que hice fue dignificar el tambor: lo coloqué sobre una peana y desarrollé un sistema electrónico con una pantalla y un sensor de presencia. Cuando alguien se acerca, la instalación se activa y aparecen en pantalla los colores cian, magenta, amarillo y negro.
A partir de ahí surge la exposición y, de esos fragmentos, los 21 gramos del alma de la máquina.
¿Las 21 piezas expuestas responden a ese concepto?
Exactamente. Ese es el concepto de partida de la exposición.
EL VALOR DE LAS IMÁGENES IMPERFECTAS
Tu trabajo parece un proceso largo, en el que las imágenes pasan por diferentes estados.
Lo que hago es ir de lo analógico a lo digital y después volver a lo analógico. Me interesa mucho ese recorrido, los cambios de signo que se producen durante el proceso.
Una imagen digital puede manipularse y después imprimirse mediante otro sistema. Todo eso genera transformaciones, y es precisamente ahí donde encuentro posibilidades artísticas, porque eso me lleva a imágenes pobres y también me interesan mucho…
Hablas de «imágenes pobres». ¿Qué significa ese concepto?
Son imágenes residuales, aquellas que han pasado por muchos procesos y han experimentado numerosos cambios. Son imágenes que acumulan transformaciones, que ya no son exactamente lo que eran al principio.
Frente a la imagen hiperrealista, que busca una representación perfecta, a mí me interesan esas huellas, esos pequeños restos, esos gramos de tóner que han quedado depositados.
En cierto modo, lo que normalmente se considera un defecto o un residuo puede convertirse en el elemento más interesante de una obra.
INTELIGENCIA ARTIFICIAL: ¿HERRAMIENTA O AMENAZA?
No estoy ni a favor ni en contra de la IA, pero va a cambiar el mundo
¿Utilizas inteligencia artificial en tu trabajo artístico?
No la utilizo para hacer arte, aunque sí para realizar traducciones.
Como profesor, introduje la inteligencia artificial en la Facultad de Bellas Artes y después la retiré. No me interesa utilizarla simplemente para generar una fotografía. Lo que me interesa es interpelarla, preguntarle algo y que me responda. Me interesa la interactividad.
Ahora podemos generar imágenes mediante palabras, y eso supone un cambio sustancial. ¿Pensamos en imágenes o pensamos en palabras? Es una pregunta retórica. Personalmente, no tengo una respuesta definitiva: a veces pienso en palabras y otras veces en imágenes.
Lo que sí tengo claro es que, para comunicarnos con la inteligencia artificial, tenemos que escribirle y ella nos contesta.
¿Crees que la inteligencia artificial supone un peligro?
No estoy ni a favor ni en contra, pero va a cambiar el mundo. Es una herramienta que hemos creado nosotros y, en ese sentido, somos sus – se puede decir - dioses.
Pero la historia está llena de criaturas que se rebelan contra sus creadores…
Exactamente. Ahí está Blade Runner. El replicante vuelve a la Tierra porque tiene fecha de caducidad y quiere que le concedan más tiempo de vida. Cuando su creador le dice que no es posible, se rebela contra él y lo mata.
Creo que, en el futuro, la inteligencia artificial podría llegar a ser autosuficiente y adquirir una independencia que ahora no tiene. La inteligencia artificial generativa ha evolucionado muchísimo y sus posibilidades van más allá de lo que conocíamos hace unos años.
¿Podría llegar a sustituirnos?
Probablemente. El problema puede surgir de muchas maneras, porque será capaz de descifrar cosas y hacer lo que quiera.
¿Y podría llegar a pensar que los seres humanos sobramos?
No pensará que sobramos. Puede pensar que el ser humano tiene la capacidad de destruirla, de desconectarla. Entonces podría plantearse una disyuntiva: o tú o yo. Y decidir que se queda ella.
¿Llegaremos a ver ese final?
No hemos visto el principio de la humanidad, pero, a lo peor, vemos el final. Habrá que grabarlo con los móviles.
(Risas).
EL PRÓXIMO EXPERIMENTO: PALABRAS QUE TRANSFORMAN A DANTE
Mi nuevo proyecto, Test to Test, es una instalación con una impresora de gran formato
Mientras tanto, sigues trabajando. ¿Qué proyecto tienes entre manos?
Tengo uno que se llama Test to Test. Es una instalación con una impresora de gran formato suspendida a cuatro metros de altura, que utiliza papel continuo.
La idea es que, mediante una aplicación para teléfonos móviles, cualquier persona pueda introducir tres o cuatro palabras y enviarlas a la página de la obra. A partir de esas palabras, quiero que un algoritmo de inteligencia artificial genere un nuevo texto utilizando como base La Divina Comedia, de Dante.
Después, la impresora se pondrá en marcha y el papel continuo irá generando ese nuevo texto.
Parece que también necesitarás la ayuda de la inteligencia artificial en este caso.
Naturalmente. Me interesa esa interacción.
Y ahí lo dejamos.
Hasta aquí llega, por ahora, el viaje de Rubén Tortosa entre máquinas, imágenes, palabras y memoria. En ‘Los 21 gramos de alma de la máquina’, un componente tecnológico desechado recupera su dignidad y nos invita a mirar de otra manera aquello que normalmente tiramos.
Con Test to Test, el artista plantea un nuevo diálogo entre los participantes, la inteligencia artificial, la literatura y la impresión. ¿Qué texto surgirá de las palabras de cada visitante? ¿Qué parte corresponderá a Dante y cuál a la intervención humana y tecnológica?
El tiempo lo dirá. O no.
RUBÉN TORTOSA, TRAYECTORIA ENTRE ARTE Y TECNOLOGÍA
Rubén Tortosa Cuesta nació en Moixent (Valencia) en 1964. Doctor en Bellas Artes y catedrático de universidad, desarrolla su labor docente e investigadora en el Departamento de Dibujo de la Facultad de Bellas Artes de la Universitat Politècnica de València.
Desde finales de los años ochenta investiga las posibilidades de las tecnologías digitales aplicadas a la creación artística. Su trabajo aborda la imagen digital, los procesos de impresión y transferencia, la visualización de datos y las instalaciones interactivas.
Es miembro cofundador del grupo Artefactes, dedicado a la investigación sobre interfaces y sistemas de interacción, y su obra se ha mostrado en exposiciones de España y de numerosos países europeos, americanos y asiáticos.
Su trayectoria demuestra que la tecnología no es para él un simple recurso técnico, sino un lenguaje artístico con el que explorar cómo vemos, cómo recordamos y cómo construimos imágenes.