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Dos maneras de mirar el infierno: Doré y Rauschenberg frente a Dante
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Dos maneras de mirar el infierno: Doré y Rauschenberg frente a Dante

jueves 08 de octubre de 2026, 08:00h

Dante nos está hablando de cuestiones eternas y estos dos artistas (Doré y Rauschenberg) nos representan estas cuestiones y la diferencia que hay es en el modo de representación…

Hay muchas representaciones del infierno de Dante, están la de Barceló, la de Wilian Blake, la de Moebius en el cómic, hay películas en las que se refleja y lo que me viene a mostrar esto, sobre todo, es que los escritos de Dante tienen un gran poder visual, era un gran descriptor de escenas que invita a muchos artistas a llevar a imágenes plásticas hechas sobre esos textos… (Lola Durán Úcar / comisaria de la exposición)

Hay exposiciones que se limitan a mostrar una serie de obras y hay otras que, de alguna manera, obligan al visitante a mirar dos veces. El infierno de Dante. Doré y Rauschenberg, que presenta la Fundación Canal, pertenece a estas últimas. No solo porque reúna dos series completas dedicadas a uno de los grandes textos de la literatura occidental (111 obras, 76 de Doré y 35 de Rauschenberg) sino porque coloca frente a frente a dos artistas separados por casi un siglo y por concepciones del arte aparentemente irreconciliables.

Por eso, nada más llega a este infierno nos recibe en un arco de la sala de bóvedas, una leyenda que reza: "ABANDONAD TODO ESPERANZA LOS QUE ENTRÁIS", frase que encabeza el Canto III…

Y por un lado está Gustave Doré, con sus célebres ilustraciones del Infierno de la Divina comedia: solemnes, oscuras, monumentales, pobladas de cuerpos atormentados, paisajes imposibles y arquitecturas que parecen surgir de una pesadilla. Por otro, Robert Rauschenberg, uno de los grandes renovadores del arte estadounidense del siglo XX, que se aproxima al mismo texto desde la fragmentación, la mezcla de imágenes, la cultura contemporánea y una mirada mucho más abierta y desconcertante.

Y quizá ahí esté precisamente lo más interesante de la exposición: en comprobar que dos artistas que, en principio, parecen hablar idiomas completamente distintos están hablando en realidad de muchas de las mismas cosas.

Al recorrer la exposición resulta inevitable pensar que el Infierno de Dante es un territorio extraordinariamente fértil para que cada época encuentre en él sus propios fantasmas. Dante escribió su viaje hace más de setecientos años, pero sus preguntas siguen siendo sorprendentemente reconocibles: ¿qué hacemos con la violencia?, ¿con la culpa?, ¿con el deseo?, ¿con la ambición?, ¿con la traición?, ¿con el abuso del poder? El infierno cambia de aspecto, pero las pasiones humanas que lo alimentan parecen resistirse al paso del tiempo.

La mirada de Doré es, en este sentido, la que probablemente muchos tenemos asociada visualmente al universo dantesco. Sus imágenes poseen una extraordinaria capacidad narrativa. Todo parece suceder ante nuestros ojos: los condenados, los demonios, los abismos, los ríos, las sombras, los paisajes desolados. Hay algo teatral y grandioso en sus composiciones, pero también una sensación de angustia. Doré convierte las palabras de Dante en imágenes de una potencia casi cinematográfica, mucho antes de que existiera el cine.

Sus grabados tienen además algo que impresiona especialmente cuando se contemplan reunidos. No estamos ante ilustraciones aisladas, sino ante un auténtico descenso. El espectador puede seguir a Dante y Virgilio a través de los distintos círculos y sentir cómo el paisaje y la condición de los condenados van transformándose. La oscuridad de Doré no es solamente estética: parece responder a la propia estructura moral del poema.

Y entonces aparece Rauschenberg.

El contraste no puede ser mayor. Frente al dibujo minucioso y a la narración visual de Doré, Rauschenberg propone una lectura fragmentada, llena de imágenes superpuestas, referencias y asociaciones. Su Dante ya no pertenece a un mundo medieval perfectamente reconocible. Es un Dante atravesado por la modernidad, por los medios de comunicación y por la enorme cantidad de imágenes que caracterizan nuestra época.

Al principio, esa distancia puede desconcertar. Uno se pregunta qué tienen que ver aquellas imágenes de Doré, tan reconocibles, con el universo aparentemente caótico de Rauschenberg. Pero precisamente ahí empieza el diálogo que propone la exposición.

Porque Rauschenberg no necesita representar literalmente el infierno para hablar de él. Su procedimiento consiste más bien en construir una especie de infierno contemporáneo a partir de fragmentos. Y ese procedimiento tiene algo profundamente dantesco: el mundo aparece convertido en un conjunto de escenas, personajes, símbolos y situaciones que el espectador debe recorrer e interpretar.

Si Doré parece llevarnos de la mano por el Infierno, Rauschenberg nos deja más solos ante él.

Esa diferencia modifica también nuestra posición como espectadores. Ante Doré podemos detenernos en los detalles y dejarnos llevar por la narración. Ante Rauschenberg tenemos que reconstruir, relacionar, buscar. Su obra no nos ofrece necesariamente una lectura cerrada. Nos obliga a participar.

Y es justamente esa contraposición la que hace que la exposición tenga sentido.

No se trata de decidir quién interpreta mejor a Dante, ni de establecer una competición entre el artista del siglo XIX y el creador contemporáneo. Se trata de comprobar qué ocurre cuando un mismo texto atraviesa dos sensibilidades tan diferentes. En Doré encontramos la fascinación por lo monumental, por el relato y por una determinada concepción romántica del drama. En Rauschenberg aparece una mirada mucho más fragmentaria, propia de un mundo en el que las imágenes ya no pertenecen a un único relato y en el que la realidad se presenta ante nosotros como un collage permanente.

Y, sin embargo, hay algo que permanece.

El miedo. La violencia. La culpa. El deseo. La avaricia. La traición. El poder.

Quizá esa sea la verdadera actualidad de Dante. El infierno que describe no necesita que nosotros creamos literalmente en él. Basta con reconocer en sus círculos algunos de los comportamientos humanos que seguimos viendo a nuestro alrededor.

Al salir de la exposición queda, por tanto, una sensación curiosa: la de haber realizado un viaje que comenzó en la Edad Media, pasó por la mirada de un artista del siglo XIX y terminó en el convulso universo visual del siglo XX. Y, pese a todo, el viaje no parece tan largo.

Porque Dante sigue hablándonos.

La Fundación Canal ha tenido el acierto de no presentar únicamente una sucesión de obras, sino de plantear un encuentro. Doré y Rauschenberg no están aquí simplemente uno al lado del otro: están conversando. Y es el visitante quien, al recorrer las salas, completa esa conversación.

Quizá lo más sugerente sea descubrir que el infierno de Dante puede representarse de muchas maneras. Puede ser oscuro y monumental, como en Doré; fragmentario, desconcertante y contemporáneo, como en Rauschenberg. Puede estar poblado de demonios y condenados o construido a partir de imágenes que reconocemos de nuestro propio tiempo.

Pero siempre acaba remitiendo a nosotros.

Y esa es probablemente la razón por la que, tantos siglos después, seguimos descendiendo con Dante y Virgilio.

El infierno de Dante. Doré y Rauschenberg puede verse del 7 de octubre al 5 de enero en la Sala de Mateo Inurria de la Fundación Canal en Madrid.

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