Juan Manuel Rodríguez García, El Mistela, es desde 2014 director artístico del Teatro Tablao Flamenco Torero, en Madrid. Con más de 55 años de trayectoria sobre los escenarios, ha recorrido buena parte del mundo llevando el flamenco como forma de vida y de expresión artística. Discípulo de Farruco, reivindica un flamenco auténtico, alejado de artificios y del aplauso fácil, y defiende por encima de todo el respeto al artista.
Con este artista INOUT VIAJES pudo mantener una larga y extendida charla sobre lo divino y lo humano del flamenco, sobre su peripecia vital, sus viajes alrededor del mundo, sobre Japón y la pasión por el flamenco… Una conversación en la que nos deja una noticia: después de varios años apartado como bailaor, quiere volver a hacerlo…
«EL NOMBRE LO HACE EL ARTISTA»
¿De dónde viene su nombre artístico, El Mistela?
En el flamenco ha habido nombres muy curiosos: El Borrico, La Burra, Rancapino, Camarón... Al final, el nombre lo hace el artista
Mi nombre es Juan Manuel Rodríguez García, pero el nombre de El Mistela me lo puso Farruco. Yo soy de Los Palacios, donde se hace un vino parecido al moscatel y al Pedro Ximénez, aunque más claro y menos denso, que se llama mistela.
En 1981 bailé en el Hotel Triana, en Sevilla, dentro de aquellas Quincenas Flamencas que dirigía mi amigo Emilio Jiménez Díaz. Farruco me vio bailar, le gustó y me dijo que me pasara por su escuela. Para mí Farruco era un ídolo y sigue siéndolo después de muerto: lo considero el mejor bailaor de la historia.
Por entonces me llevó a un festival y me preguntó cómo quería que me anunciara. Le dije que mi nombre era Juan Manuel, pero me respondió que era un nombre poco flamenco. Me contó que una vez había estado en mi pueblo para bailar y que, al terminar, tenía mucha sed. Le dieron un vaso de mistela muy fría, luego otro y otro, y cuando quiso levantarse de la silla ya no podía. Entonces recordó aquel episodio y me dijo: «Qué rico está y es como tú, que tienes un baile dulce y amargo. Te voy a llamar El Mistela».
A mí no me hizo mucha gracia porque me sonaba a nombre femenino, pero Farruco me dijo una frase que nunca he olvidado: «El nombre lo hace el artista». Y tenía razón. En el flamenco ha habido nombres muy curiosos: El Borrico, La Burra, Rancapino, La Talegona, Camarón... Al final, el nombre lo hace el artista.
Así nació El Mistela.
«EL BAILE HA SIDO LA FAMILIA POBRE DEL FLAMENCO»
¿Qué es más importante: el cante, el baile o el toque?
Las tres cosas son importantes. Primero apareció el cante, después la guitarra como acompañamiento y finalmente llegó el baile. Podríamos decir, incluso, que el baile ha sido durante mucho tiempo la familia pobre del flamenco. Sin embargo, las tres disciplinas forman parte de una misma expresión y no se pueden separar.
¿En que momento de su vida está ahora?
Actualmente dirijo este tablao. Llevo aquí varios años, y desde que murió mi padre prácticamente no bailo. La última vez que lo hice fue en su homenaje, en el Pozo de las Penas de Los Palacios. Él estaba ya muy enfermo y quise rendirle ese homenaje porque fue una persona fundamental para mí, tanto en mi vida como en mi trayectoria artística.
La última vez que bailé fue en el homenaje a mi padre, en el Pozo de las Penas de Los Palacios
Mi padre me dejó consejos y frases muy bonitas que me han servido y me siguen sirviendo. Después de aquello no encontraba el momento para volver a bailar. Fue entonces cuando Ramiro de Figueroa, director del tablao, me dio la oportunidad de dirigir este tablao.
¿Qué es más difícil, bailar o dirigir?
Las dos cosas son muy difíciles. Yo soy artista y quienes trabajan aquí también lo son. Y los artistas somos, a veces, como niños pequeños, hay que saber hablarles y hacerlo en el momento exacto. Incluso un minuto de silencio puede resultar decisivo antes de tomar una determinación.
También tiene que existir el respeto. Soy mayor que ellos, aunque Moreno tiene un año más que yo, y dirigir significa entender a cada artista y saber que necesita en cada momento.
La misión de un director o de un coreógrafo es diferente de la del guitarrista o del cantaor. El cantaor, para cantar, a veces cierra los ojos; el guitarrista también puede hacerlo. El bailaor no, porque tiene que mantener una visión completa de lo que sucede en el escenario. Puede entrar una persona por un lateral y tienes que verlo. Además, a veces es difícil conseguir que todos entiendan exactamente lo que quieres plasmar.
Bailar tampoco es fácil. Michael Jackson tenía una frase magnífica. Una vez le preguntaron si era fácil bailar y respondió que sí, que lo difícil era bailar bien.
«AQUÍ EL FLAMENCO NO ES UN COMPLEMENTO»
¿Qué lugar ocupa este tablao en Madrid?
Creo que ocupa un lugar muy importante y que está entre los mejores porque ofrecemos flamenco puro, sin bisutería. Además, no ofrecemos comida porque considero que eso puede ser una falta de respeto hacia el artista. Aquí el flamenco no es un complemento de una cena, ni una guía gastronómica, ni una estrella Michelin. El protagonista es el flamenco.
Este tablao está entre los mejores porque ofrecemos flamenco puro, sin bisutería.
Llevo 55 años bailando. Tengo 60 años y empecé con cinco. Mi debut internacional fue precisamente siendo un niño, en Perth, Australia. Hicimos Perth, Adelaida, Sídney...
¿Qué hacía allí con cinco años?
[Ríe.] Formaba parte de una compañía de flamenco. En mi casa hacía falta el dinero y me pusieron una tutora que se ocupaba de mí y de mis deberes. Después, en el espectáculo, bailaba por tangos y por bulerías al final. No era nada extraordinario, pero me ganaba mi dinero y se lo mandaba a mi familia.
¿Cree que se ha desvirtuado el concepto de tablao?
Está un poco desvirtuado todo. Vamos demasiado deprisa. Y, sin embargo, creo que estamos viviendo una época en la que mejor se baila y mejor se toca. El cante está algo más cojo: no hay tantos cantaores buenos como en el baile o en la guitarra. Hay algunos extraordinarios, pero son menos.
Hay chavales que bailan que te mueres y guitarristas que tocan y dices: «¡Qué barbaridad!». El problema es que algunos caen en el tremendismo, en el triple salto mortal y en buscar el aplauso fácil.
El artista tiene que bailar para el público, naturalmente, porque es quien paga para ver el espectáculo. Pero cuando yo monto un baile no estoy pensando: «Aquí quiero que me aplaudan y aquí también». Hago mi coreografía y, si el público quiere aplaudir, que aplauda; y si no quiere hacerlo, que no lo haga.
He estado en teatros donde no existe la costumbre de aplaudir durante la representación. En la ópera pueden aplaudir diez minutos al final, pero durante el espectáculo no quieren romperlo. El público latino es diferente: es más caliente, más de jalear, de decir «¡olé!», de aplaudir cuando algo le gusta. Y eso también forma parte del flamenco.
«HAY QUE CONOCER LA HISTORIA DEL FLAMENCO»
Entonces que puede fallar…
Creo que existe un problema con la formación. Hay niños que cantan muy bien, pero les preguntas quién era Juan Talega y no saben quién es. Les preguntas por la soleá de Cádiz y los Puertos y tampoco saben de qué estás hablando.
He tenido cantaores que llevan toda la vida en los escenarios y les he pedido que me hicieran una caña, concretamente la caña de Gallina, y no sabían qué era. Gallina era un gitano cantaor, amigo de Enrique Morente.
No basta con tener facultades. Hay que conocer lo que se está haciendo, de dónde viene y quiénes lo han construido.
¿Mantiene un elenco fijo en el tablao?
Intento mantenerlo porque quiero que exista un grupo. Por ejemplo, Morenito de Íllora, que es cantaor de Tomatito, tiene compromisos con él y, cuando eso ocurre, lo sustituyo por otro cantaor.
Pero intento que sean siempre las mismas personas porque así se crea un grupo. Si no, esto se convierte en «tú tocas, yo canto y tú bailas», sin que haya nada verdaderamente montado ni arreglado.
Muchos artistas aspiran a formar su propia compañía…
Lo entiendo. Yo tuve la mía durante muchos años, pero terminé cansándome de viajar continuamente, de ser autónomo, de perder dinero y de tener que aguantar determinadas situaciones. En el mundo del espectáculo hay gente que recibe dos aplausos y ya se cree Superman con la capa.
«LA MATERIA PRIMA ES EL ARTISTA»
¿Qué futuro tiene este tablao?
Espero que mucho. Estamos terminando una nueva sala que todavía no se ha inaugurado y que estará dedicada al teatro, al teatro de Lorca y al teatro flamenco. Creo que tiene un futuro importante.
Aquí menospreciamos el flamenco porque lo tenemos a la vuelta de la esquina
Queremos alejarnos del tópico del tablao tradicional. Si te das cuenta, cuando entras aquí parece un auténtico café de París, elegante. Y tenemos también una cueva de ladrillo con una resonancia magnífica.
Allí no hay mantones ni fotografías colgadas por todas partes. Tampoco necesitamos micrófonos ni megafonía. El cante se escucha de manera natural y eso lo aprecia mucho el público. Las críticas lo destacan.
La sala tiene capacidad para unas setenta personas y hacemos tres, cuatro e incluso cinco pases al día.
¿Qué público reciben?
De todos los países. Viene gente que nunca ha visto flamenco y también personas que lo han visto muchas veces. Hay críticas de espectadores que destacan precisamente haber encontrado aquí la esencia del flamenco.
Eso sí, no van a ver a chicas enseñando las piernas, ni buscamos el aplauso fácil, ni hacemos subir a un turista al escenario para que baile con los artistas. [Ríe.] Hay tablaos que sí lo hacen.
Cuando estrenamos un espectáculo en el Teatro Español, Ramiro vino a verme. Me dijo que era muy aficionado al flamenco y que quería que dirigiera un tablao que estaba preparando. Cuando estuvo prácticamente montado, me llamó y me vine de Sevilla.
Me preguntó qué condiciones le iba a poner y le respondí que tres: primero, el artista; segundo, el artista; y tercero, el artista.
La materia prima de una panadería es la masa madre. Si haces un buen pan, vendes mucho y tienes colas en la puerta, pero para ganar más dinero empiezas a rebajar la calidad de la masa, terminarás perdiendo el negocio.
Así mueren muchos negocios…
Así es, y eso se puede aplicar al flamenco, a un restaurante, a una panadería, a un supermercado o a cualquier actividad. Si algo funciona, no puedes empezar a recortar su calidad. La materia prima de este espectáculo es el artista y tiene que haber un buen director pendiente de todo.
Yo estoy aquí prácticamente todo el tiempo. Me lo dicen: «Es que estás siempre aquí». Pero es que no sé hacer otra cosa. En casa me aburro. [Ríe.] Lo mío es esto.
Además, cuando un espectáculo se representa todos los días, se van cambiando cosas sin darte cuenta. A una artista le dices que entre por la izquierda y, con el tiempo, acaba entrando por la derecha. Hay que estar pendiente y corregir constantemente.
JAPÓN: «ALLÍ ME HE SENTIDO MÁS RESPETADO QUE EN ESPAÑA»
¿Interviene actualmente en el espectáculo?
Ahora no bailo, aunque estoy trabajando un poco las palmas porque quiero corregir desde dentro del escenario. Mi presencia también es importante para el cantaor, porque sabe que conozco lo que está cantando. Intento darle un poco de vida al espectáculo y acompañarlo con las palmas. Poco a poco volveré a implicarme más.
¿Qué país entiende mejor el flamenco?
Japón. He recorrido el mundo entero dos veces y no he encontrado ningún país donde el flamenco no guste, pero lo de Japón es tremendo.
La primera vez que llegué al aeropuerto de Narita me recogió un chico que trabajaba para Yoko Komatsubara, una bailaora japonesa que me había contratado. El trayecto hasta Tokio duraba una hora y media y el muchacho empezó a hablar conmigo en español.
Lo increíble es que conocía toda mi historia. Sabía incluso que, diez o quince minutos antes de salir a bailar, me gustaba tomarme un café mientras hacía pies entre bastidores. Había leído entrevistas mías y conocía detalles de mi carrera que yo ni siquiera esperaba que supiera. [Ríe.]
He ido seis veces a Japón y allí me he sentido más respetado y admirado que en España. Y también mejor pagado.
Eso seguro…
La primera vez que fui estuvimos seis meses en Tokio, en Shibuya, en un tablao situado en la octava planta de un edificio. Llevaba una cantidad enorme de trajes, zapatos y vestuario para toda la temporada.
Un día llegó un japonés y me dijo que era bailaor y que quería comprarme toda la ropa y los zapatos que llevaba. Le expliqué que los necesitaba para trabajar. Entonces me dijo que, cuando terminara el contrato, me los compraría y que, si le decía cuánto costaban, me los pagaba inmediatamente. Le dije que primero llevaría todo a la tintorería y se lo entregaría perfectamente cuidado. Ese respeto hacia el artista es extraordinario.
Allí no te dicen simplemente «oye, tú». Te llaman sensei, que significa maestro. Cuando hablas, te escuchan en silencio. Es algo muy bonito.
Japón es un país impresionante. Conozco personas que tienen dos, tres y hasta cuatro trabajos al día. Recuerdo a un camarero que por la mañana trabajaba en una cafetería, al mediodía vendía discos, después trabajaba en una tintorería y por la noche era camarero en el tablao.
Y tienen una afición enorme por el flamenco. Hay cientos de academias. Cuando iba a Japón me salían muchas clases particulares, pero eso me aburría. Prefería hacer masterclass con guitarra, cante y percusión, porque podía trabajar con alumnos que tenían nivel y disfrutar enseñando, corrigiendo y bailando.
Llegué a ganar bastante dinero en Japón. Gracias a aquellas giras pude comprarme un piso en la playa y dos coches en España.
«FUERA DE ESPAÑA SE APRECIA MÁS LO QUE TENEMOS»
¿Vive actualmente en Madrid? ¿Echa de menos Sevilla?
Vivo en Madrid y, por supuesto, echo de menos Sevilla, sobre todo a mis hijos y a mi madre, que están allí. Pero mi trabajo está aquí.
Para mí, el cante es lo más puro que tiene el flamenco
Siempre digo en las entrevistas que, si algún día pasara algo en España —Dios no lo quiera—, me iría a Japón porque allí me conocen mucho. He aparecido varias veces en la revista Paseo, dedicada al flamenco, y he trabajado en numerosos teatros.
En Japón hay incluso un museo de la guitarra flamenca. Allí tienen guitarras de Serranito, Paco de Lucía, Paco Cepero... Es el único museo de ese tipo que conozco en el mundo. Y eso es algo que aquí no sabemos apreciar.
¿Quizá porque en España tenemos el flamenco demasiado cerca?
Exactamente. Lo menospreciamos porque lo tenemos a la vuelta de la esquina. Fuera de España, en cambio, lo valoran muchísimo.
He actuado en La Scala de Milán y en el Teatro de la Ópera de Hamburgo, en lugares increíbles. Cuando la gente se entera de dónde he trabajado, se sorprende.
«EL CANTE ES LO MÁS PURO DEL FLAMENCO»
Para terminar, ¿qué conclusiones ha sacado después de tantos años dedicados al flamenco?
Para mí, el cante es lo más puro que tiene el flamenco. La voz es la herramienta natural del que canta, sea hombre o mujer. Hay cosas que se pueden aprender: los cantes, la manera de modular, el control de la caja torácica, el esófago, la respiración, incluso a no quedarse mudo. Todo eso se aprende.
Pero tienes que nacer con unas facultades determinadas. Esa es la herramienta natural del cantaor y por eso considero que el cante es lo más puro.
En la guitarra ocurre algo parecido. Hay que tener facultades para tocarla y, si no las tienes, puedes aprender y repetir una y otra vez, pero hay cosas que no se pueden fabricar.
Y en el baile también se nace. Lo más bonito, cuando ves bailar a una persona, es que parezca natural, que no esté forzada. Hoy hay muy pocos artistas que consigan esa naturalidad.
Para mí, uno de ellos es Juan Farruquito. He visto muchos bailaores a lo largo de mi vida y sigo pensando que Farruco fue el más grande de la historia, no solo porque fuera mi maestro, sino porque realmente lo considero el mejor.
Y Farruquito, su nieto, tiene algo especial. Lo ves bailar y parece que no le cuesta trabajo. Es natural, baila con sentido y no se limita a dar golpes con los pies: hace música con ellos.
Además, sé que estudia mucho. Es un músico soberbio, conoce el cante y la guitarra, toca el piano y después lo ves bailar y todo parece sencillo.
Donde otros tienen que hacer un esfuerzo enorme y pasan fatigas, a Juan lo ves y te produce alegría. Es como si hubiera bajado alguien de arriba para bailar.
Es lo mismo que Michael Jackson. Como artista, independientemente de todo lo demás, parecía que alguien le hubiera tocado con una varita mágica. En el flamenco, para mí, ese artista tocado por la varita es Farruquito.
Y cómo cerramos la entrevista
Diciendo que soy Juan Manuel Rodríguez el Mistela y que tengo 60 años y que voy a volver a bailar otra vez…
Pues así termina la entrevista, aunque seguimos con la charla flamenca, hablando de cante, cantaores y cantaoras, baile, bailaores y bailaoras, músicos y músicas…
Pero esa es nuestra historia y con nosotros se queda.