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Rubén Tortosa y Los veintiún gramos de (su) alma de la máquina
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Rubén Tortosa y Los veintiún gramos de (su) alma de la máquina

martes 29 de septiembre de 2026, 09:15h

¿Cuánto pesa un alma? ¿Puede una máquina tenerla? ¿Dónde estaría localizada? ¿En sus mecanismos, en sus restos, en las marcas que produce?

Se inauguró la primera muestra individual en CRUCE del artista Rubén Tortosa, titulada «Los veintiún gramos de alma de la máquina» que se extenderá hasta el 24 de octubre.

Lo que el residuo revela

Cada acto de creación sucede sobre el fondo de una ausencia. Y la repetición es el mecanismo con el que el artista intenta, en
vano, colmarla. No es casual que Rubén Tortosa (Moixent, 1964) lleve cuarenta años utilizando la impresora —máquina paradigmática de la repetición—, no solo como medio para el arte, sino también como objeto de investigación.

Al igual que el artista se abstrae en la contemplación de la naturaleza, la mirada incisiva de Tortosa se repliega sobre la impresora analizándola, destripándola, manipulándola, comprendiendo así sus principios tecno-funcionales, registrando —en un proyecto tanto artístico como vital— sus fortalezas y debilidades, sus carencias y sus excesos hasta la prosopopeya. Porque nuestro artista tiene fe en la máquina. Y la personifica. O, como diría él, le da la palabra. Así, en su quehacer diario, busca obsesivamente destellos, señales, signos con los que demostrar científicamente que su objeto posee capacidad enunciativa. Quizá para asegurarse de que en su taller no está solo; de que al otro lado hay algo, alguien, que responde a la demanda…

La impresora no es únicamente una herramienta que obedece. Es un dispositivo que responde, que devuelve algo inesperado y que deja un residuo de su propia actividad. El artista trabaja precisamente en ese espacio de negociación entre aquello que pretende obtener y aquello que la máquina finalmente produce.

Esta relación prolongada transforma la impresora en algo muy distinto de un simple instrumento. Tortosa no parece interesado únicamente en saber cómo funciona, sino en averiguar qué puede decir.

Así, en su quehacer diario, busca obsesivamente destellos, señales, signos con los que demostrar científicamente que su objeto posee capacidad enunciativa. Quizá para asegurarse de que en su taller no está solo; de que al otro lado hay algo, alguien, que responde a la demanda.

Tortosa parece preguntarse qué sucede cuando dejamos de exigir a la máquina que sea perfecta.

Y la respuesta se encuentra en el residuo.

El residuo es aquello que el funcionamiento ordinario de la máquina debería hacer desaparecer o mantener fuera de campo: el exceso de tinta, la marca accidental, la impresión defectuosa, el fragmento, la desviación. Pero precisamente porque no responde al programa ideal de la reproducción, ese residuo adquiere una dimensión reveladora. Allí donde la máquina se aparta de lo previsto es donde empieza a aparecer algo parecido a una subjetividad.

Darle la palabra a la máquina

La expresión «dar la palabra» resulta especialmente pertinente en el trabajo de Tortosa porque desplaza la relación tradicional entre artista y herramienta. En buena parte de la historia del arte, la técnica aparece subordinada a la voluntad del creador: el artista concibe y la herramienta ejecuta. Tortosa invierte parcialmente esa jerarquía.

Aquí la máquina participa en el proceso.

No porque sustituya al artista, sino porque introduce un grado de incertidumbre que este decide conservar y observar.

El taller se convierte así en un laboratorio, pero también en un espacio de escucha.

Los veintiún gramos

El título de la exposición introduce otra capa de complejidad. «Los veintiún gramos de alma de la máquina» remite inevitablemente a la conocida y controvertida idea de que el cuerpo humano perdería veintiún gramos en el instante de la muerte. Más allá de la validez científica de aquella afirmación, lo interesante para Tortosa parece residir precisamente en la posibilidad de medir lo inmaterial.

Quizá esos veintiún gramos no sean una sustancia escondida dentro del aparato. Quizá sean precisamente el residuo: aquello que queda después del funcionamiento, lo que no puede ser explicado completamente por el programa, lo que aparece entre una copia y otra.

Entre lo humano y lo mecánico

La exposición plantea finalmente una cuestión que excede el propio dispositivo de impresión: ¿hasta qué punto nuestras máquinas son extensiones de nosotros mismos y hasta qué punto terminamos proyectando sobre ellas aquello que buscamos en nosotros?

Durante cuarenta años, la impresora ha sido para él herramienta y objeto, mecanismo y cuerpo, instrumento de reproducción y generador de diferencias. Una relación tan prolongada termina por convertir el aparato en algo más que un objeto de trabajo: en una presencia.

Y es en esa presencia, en aquello que queda entre la orden y su ejecución, entre el original y la copia, entre el funcionamiento y la avería, donde Tortosa busca los veintiún gramos.

No para demostrar que la máquina tiene alma, sino para averiguar qué sucede cuando decidimos comportarnos como si pudiera tenerla…

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