Una invitación a entrar en la oscuridad de la culpa y observarla, por un instante, sin juicio.
La Culpa no busca ser comprendida, sino experimentada: una invitación a sumergirse en la oscuridad de una emoción compartida para observarla desde un lugar nuevo.
La Culpa incita al espectador a adentrarse en un mundo de disociación y surrealismo, una estética de parálisis del sueño donde el cuerpo, la imagen y la emoción conviven en un mismo plano. La pieza propone un viaje sensorial y pictórico que despierta curiosidad y conexión desde lo intuitivo, sin exigir códigos previos ni lecturas cerradas.
En la penumbra expectante de la Sala Cuarta Pared, los días 20 y 21 de febrero de 2026, “La culpa”, de Elena Puchol, se presentó como algo más que un estreno: fue una invitación a atravesar un umbral emocional. No a entender la culpa —esa emoción tan analizada, tan juzgada, tan moralizada—, sino a habitarla.
Durante 60 minutos, el escenario se convirtió en un territorio de sombras donde el cuerpo, antes que la palabra, asumió la tarea de explorar lo indecible.
Ganadora del IV Certamen de Improvisación en Danza SOLO IMPROVISA, Puchol parte de una necesidad íntima que se percibe honesta desde el primer gesto. “La culpa” no pretende ofrecer un relato lineal ni una tesis psicológica; su apuesta es sensorial. Desde el inicio, tres figuras enmascaradas ocupan el espacio como presencias suspendidas, casi espectrales. La máscara —elemento clave— no oculta: desplaza. Al borrar la identidad concreta, amplifica lo universal. Esas tres mujeres no son personajes, sino estados.
La estética remite a la parálisis del sueño: cuerpos que parecen atrapados entre la vigilia y la pesadilla, movimientos que oscilan entre la contención y el espasmo. Hay algo profundamente surreal en la manera en que las imágenes se suceden, como si cada escena fuese una pintura en movimiento. La iluminación, austera pero precisa, crea planos donde la carne y la sombra dialogan sin jerarquía. La música —más atmósfera que melodía— acompaña con una cualidad envolvente, casi líquida, reforzando la sensación de estar sumergidos en un espacio mental.
Pero el verdadero pulso de la pieza está en la labor de las tres actrices-bailarinas, cuyo trabajo físico y expresivo sostiene la densidad emocional de la propuesta.
En conjunto, las tres construyen una arquitectura emocional sólida. No hay protagonismos evidentes; la dramaturgia del movimiento se apoya en la relación entre ellas: tríos que se descomponen en dúos, figuras que se sostienen y se abandonan, cuerpos que se imitan como reflejos deformados. La culpa aparece entonces como fenómeno compartido, contagioso, casi atmosférico. No pertenece a una sola, sino que circula.
Uno de los mayores aciertos de Puchol es no caer en la literalidad. La obra rehúye símbolos obvios o narrativas cerradas. En lugar de explicar, sugiere. En lugar de juzgar, expone. El espectador no recibe instrucciones; se le concede la libertad —y la responsabilidad— de sentir. Esta decisión puede resultar desafiante para quien busque certezas, pero es precisamente ahí donde “La culpa” encuentra su coherencia: en la experiencia, no en la interpretación.
“La culpa” no ofrece redención ni catarsis evidente. Ofrece presencia. Durante una hora, el escenario de la Sala Cuarta Pared se convierte en un espejo difuso donde cada espectador puede reconocerse, aunque sea por un instante, en esa emoción compartida. Y en ese gesto —el de observar sin juicio— reside la fuerza silenciosa y perturbadora de la obra.
Porque al final solo queda polvo y vacío sobre el escenario, restos de algo que fue o que no fue, tal vez un sueño o una pesadilla…