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Museo Guggenheim: Expresionismo Abstracto
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Museo Guggenheim: Expresionismo Abstracto

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Hasta el 4 de junio…

En la época de inquietud enmarcada por la Segunda Guerra Mundial y los años del free jazz y la poesía de la generación beat, artistas como Pollock, Rothko y De Kooning rompieron con las convenciones establecidas para inaugurar una nueva etapa de confianza en la pintura. El Expresionismo Abstracto fue fruto de la experiencia común de una serie de artistas que vivieron en el Nueva York de la década de 1940 y, aunque eran amigos y compañeros, cada uno de ellos tenía un estilo propio y único. A diferencia de lo que ocurrió en los movimientos precedentes del Cubismo y el Surrealismo, el Expresionismo Abstracto no parecía seguir una fórmula fija. Esta diversidad es una celebración de la libertad individual de cada artista para expresarse.

El Expresionismo Abstracto supuso un momento clave en la evolución del arte del siglo XX. Sin embargo, sorprendentemente, en Europa no se ha realizado ninguna gran muestra sobre este movimiento desde 1959. Con más de 130 pinturas, esculturas y fotografías procedentes de colecciones públicas y privadas de todo el mundo, esta ambiciosa exposición engloba obras maestras de los más aclamados artistas estadounidenses vinculados con este movimiento, como Willem de Kooning, Arshile Gorky, Philip Guston, Franz Kline, Joan Mitchell, Robert Motherwell, Barnett Newman, Jackson Pollock, Mark Rothko, Aaron Siskind, David Smith y Clyfford Still, así como otras figuras menos conocidas, pero no por ello menos relevantes.

Esta selección pretende revaluar el Expresionismo Abstracto, reconociendo que, aunque a menudo se percibe como un todo unificado, en realidad fue un fenómeno extremadamente complejo, variable y poliédrico. Asimismo, revisa la idea de que el Expresionismo Abstracto estuviera centrado exclusivamente en la ciudad de Nueva York, e incluye a figuras de la Costa Oeste como Sam Francis, Mark Tobey y Minor White.

El Expresionismo Abstracto fue el primer gran movimiento artístico americano

París fue durante siglos el epicentro del arte, donde confluían artistas, marchantes y coleccionistas de todo el mundo, pero en las décadas de 1940 y 1950 surgió un nuevo movimiento que situó a EE. UU. en el centro de la escena. Caracterizado por enormes pinturas abstractas realizadas al óleo y llenas de emoción, el Expresionismo Abstracto convirtió rápidamente a Nueva York en la capital del mundo del arte. Este fenómeno, que se desarrolló justo después de la Gran Depresión y durante la Guerra de Vietnam, coincidió con la transformación de EE. UU. en superpotencia global dominante. “En la confianza y libertad de expresión del Expresionismo Abstracto hay una sensación muy americana”, afirma Edith Devaney, comisaria de la exposición.

Pero sus raíces se hallaban en Europa

El Expresionismo Abstracto tiene una gran deuda con la tradición moderna europea. Su interés por las formas de creatividad espontáneas, automáticas o inconscientes es una herencia directa del Surrealismo. Además, las obras de Pablo Picasso se consideraron un referente al que aspiraba el Expresionismo Abstracto. Naturalmente, EE.UU. tenía una larga historia de emigrantes procedentes de Europa y el caso del Expresionismo Abstracto no fue una excepción: el pintor Hans Hofmann nació en Alemania; Willem de Kooning se formó en los Países Bajos; incluso la propia denominación “Expresionismo Abstracto” se empleó por primera vez en Alemania en 1919 para describir el Expresionismo alemán, y no se aplicó a la nueva oleada de artistas americanos hasta 1946.

La audacia de dos mujeres

Si bien los Expresionistas Abstractos que mayor proyección alcanzaron fueron en su mayoría hombres, esta se debió, en parte, al apoyo y determinación de dos mujeres: Peggy Guggenheim y Betty Parsons. Estas dos galeristas abordaron el mercado del arte de manera distinta, algo que fue patente en diversos aspectos, desde el diseño de sus espacios expositivos hasta las relaciones y acuerdos que alcanzaron con los artistas a quienes respaldaron. La singular Art of This Century, diseñada en su totalidad por Frederick Kiesler para Peggy Guggenheim, contrastaba con los modernos espacios blancos y abiertos de la Betty Parsons Gallery. Mientras que para la primera su faceta de coleccionista y mecenas estaba muy ligada a sus relaciones con los artistas, la segunda estableció contratos detallados con ellos, al tiempo que les otorgó libertad para disponer sus propias exposiciones.

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