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La familia Coleman se despide pero sigue hablando de nosotros
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La familia Coleman se despide pero sigue hablando de nosotros

miércoles 04 de febrero de 2026, 08:15h

El Teatro Infanta Isabel de Madrid acoge estos días La omisión de la familia Coleman en lo que se anuncia como su gira de despedida de los escenarios.

No es un reencuentro cualquiera. La obra de Claudio Tolcachir, convertida ya en un clásico contemporáneo del teatro argentino y universal, vuelve a Madrid después de más de dos décadas de recorrido internacional con una fuerza intacta, como si el tiempo no hubiera hecho sino afinar su capacidad de incomodar.

Desde los primeros minutos, el espectador se asoma a una casa en permanente estado de colapso. Los Coleman conviven hacinados, superponiendo voces, rutinas y frustraciones en un espacio que apenas logra contenerlos. No hay una presentación ordenada ni una progresión dramática convencional: la obra se impone como una experiencia de inmersión, un caos organizado que reproduce con precisión quirúrgica el ruido cotidiano de una familia que ya no sabe cómo escucharse.

La puesta en escena —sobria, casi desnuda— refuerza ese clima de precariedad emocional. No hay grandes artificios ni concesiones estéticas: todo está al servicio del texto y del trabajo actoral, que transita con naturalidad del humor al desgarro. La risa aparece, pero nunca como alivio; surge de lo absurdo, de lo inapropiado, de la identificación incómoda con situaciones que, por exageradas que parezcan, resultan inquietantemente reconocibles.

Uno de los pilares de la obra es la construcción de sus personajes, trazados sin psicologismos complacientes ni juicios morales evidentes.

La abuela, figura central, encarna el derrumbe de la autoridad familiar. Su deterioro físico y mental no es solo un hecho biológico, sino el símbolo de una estructura que alguna vez sostuvo el orden y que ahora apenas se mantiene por inercia. Es una presencia que pesa, que obliga a los demás a enfrentarse a una responsabilidad que nadie quiere asumir del todo.

La madre se mueve en un territorio ambiguo, atrapada entre la culpa y la evasión. Desbordada, errática, incapaz de ejercer un rol contenedor, parece haber quedado detenida en una adolescencia prolongada. Su motivación no es el abandono consciente, sino la huida constante: de los conflictos, de las decisiones, de una vida que la excede. En su fragilidad se condensa buena parte del drama de la obra.

Los hijos, cada uno a su manera, responden al mismo entorno hostil con estrategias distintas. Algunos se refugian en la fantasía, otros en la ironía, otros en una hiperactividad que roza el descontrol. Ninguno ha aprendido a pedir ayuda; ninguno sabe exactamente qué lugar ocupa. En sus discusiones triviales y en sus silencios prolongados late siempre la misma pregunta no formulada: quién cuida a quién cuando nadie sabe cómo hacerlo.

Tolcachir evita convertir este universo en una galería de caricaturas. Aunque el humor atraviesa la función, nunca anestesia el conflicto. Al contrario: subraya el absurdo de una convivencia sostenida a base de omisiones, de responsabilidades aplazadas, de afectos mal administrados. El espectador observa a los Coleman con una mezcla de ternura y distancia crítica, reconociendo en ellos no solo una familia disfuncional, sino una forma de estar en el mundo.

En esta gira de despedida, La omisión de la familia Coleman parece resonar con una claridad renovada. Quizá porque el tiempo ha pasado también por el público, o porque el contexto social ha cambiado, la obra se percibe hoy menos como un retrato doméstico y más como una metáfora amplia de una sociedad que ha aprendido a convivir con el desorden afectivo.

Epílogo: lo que se omite también cuenta

Más allá del escenario, La omisión de la familia Coleman plantea una pregunta incómoda y profundamente actual: qué ocurre cuando el cuidado se diluye, cuando la responsabilidad emocional se delega, cuando la omisión se convierte en norma. En tiempos de vínculos frágiles y estructuras familiares en transformación, la obra no ofrece soluciones, pero sí una advertencia lúcida: lo que no se dice, lo que no se atiende, lo que se posterga indefinidamente, acaba construyendo un ruido tan ensordecedor como cualquier conflicto explícito. Y ese ruido, tarde o temprano, nos alcanza y nos puede terminar convirtiendo en otra familia Coleman…

La obra está protagonizada por Cristina Maresca (Abuela), Miriam Odorico (Memé), Inda Lavalle (Verónica), Fernando Sala (Marito), Tamara Kiper (Gabi), Gonzalo Ruiz (Hernán), Juan Manuel Zuluaga (Damián), y Jorge Castaño (Médico), bajo la dirección del propio Claudio Tolcachir, considerado uno de los dramaturgos y directores más influyentes del teatro contemporáneo en lengua española.

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