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Jorge Conde, un artista que intenta entender el mundo a través del arte
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Jorge Conde, un artista que intenta entender el mundo a través del arte

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Jorge Conde es un artista que nació en Barcelona en 1968. Licenciado en Bellas Artes por la Universitat de Barcelona, se formó en Música y Artes Visuales en la University of California, San Diego (EEUU) y el Chelsea College of Arts and Design de Londres (UK), donde realizó una residencia artística becado por la UB. Posteriormente fue artista residente en el Museo Siqueiros de Cuernavaca en México y, más recientemente, en la Real Academia de España en Roma con la beca MAEC-AECID para el período 2015-16.

Me sitúo en posiciones comprometidas, ética, social y ecológicamente

Con este hombre hemos podido mantener una conversación en la que nos ha explicado su vocación, sus ideas y su planteamiento como artista…

¿Quién es Jorge Conde y cómo se define como artista?

Soy una persona con vocación artística que a través del arte trata de entender el mundo y hacer una contribución positiva al tiempo que le ha tocado vivir. Mi práctica es de raíz conceptual pero sin olvidar la capacidad de las artes visuales para producir conocimiento, provocar experiencias estéticas y emociones en el público. Me sitúo en posiciones comprometidas, ética, social y ecológicamente. Soy un artista que se ocupa de ideas esenciales como la igualdad, la preservación de la memoria y nuestra relación con el paisaje, así como del impacto eco-social que tienen algunas políticas comunes al capitalismo tardío y los relatos que sirven para justificarlas.

Actualmente está hasta el próximo 4 de abril en la Antigua Fábrica de Tabacos de Madrid a través de su exposición “Estas ruinas que (no) ves son una promesa”…

¿De verdad no vemos las ruinas o no vemos nada?

Lo que se dice ver, sí vemos. No tengo duda. Es cierto que la fragmentación del mundo contemporáneo crea muchos espacios de ceguera. Y también ocurre que, tanto individual como colectivamente, tendemos a ver aquello que nos da placer, aquello que confirma nuestro sistema de creencias y aquello que no nos incomoda. Es nuestra tendencia natural. En el caso de las ruinas, las vemos y no las vemos casi sin darnos cuenta. Están en todas partes y no sólo son arquitectónicas. La ruina forma parte del hecho vital. Hoy vemos las ruinas ajenas y mañana seremos vistos como ruinas.

¿Qué quieres contar con esta exposición?

Con esta exposición aspiro a construir una experiencia sensorial que sirva para dislocar el tiempo lineal, el establecido por los sistemas de producción industriales, y generar una especie de limbo, es decir, un espacio-tiempo ficticio donde se fusionan el pasado y el presente, y desde donde podría atisbarse el futuro. El archivo del proyecto y la propia exposición son una especie de “Aleph” planteado entre dos vectores: los vestigios industriales y la institución cultural. Un lugar donde pueden vislumbrarse infinidad de recuperaciones del pasado industrial por medio de la cultura. Pienso que esta estrategia posibilita en cierto modo el rescate de la memoria de la sociedad industrial, aunque sea de una forma concentrada, con interferencias o a través de sensaciones, facilitando el viaje desde una infraestructura industrial obsoleta hasta una institución dedicada a la promoción de las artes y el pensamiento contemporáneo.

Con la exposición ‘Estas ruinas que (no) ves son una promesa’ aspiro a construir una experiencia sensorial

Pero esas infraestructuras obsoletas, como podría ser un antiguo hospital, una fábrica, un matadero, una central eléctrica, una estación del ferrocarril…, están ante nuestros ojos y muchas veces no las percibimos, quizá porque nosotros nos quedamos también obsoletos…

¿Se quedan obsoletos los edificios industriales? ¿Y las personas?

Todo se queda obsoleto y las personas se quedan obsoletas. Ahora bien, que algo o alguien se haya quedado obsoleto no significa que carezca de valor. Creo que ese es uno de los grandes aprendizajes que nos debemos como sociedad. Crear una sensibilidad que nos permita superar la obsolescencia programada y esa búsqueda hipermoderna de la novedad y la satisfacción instantánea que sólo provoca sufrimiento y asfixia vital.

¿Por qué una exposición en la antigua Tabacalera?

La Antigua Fábrica de Tabacos de Madrid es uno de los proyectos de transformación arquitectónica y funcional que forman parte del archivo que he construido en los últimos diez años, un edificio imponente y un exponente todavía inacabado de un tipo de recuperación basada en una intervención mínima sobre la arquitectura original. Esto significa, grosso modo, que su fisicalidad está cargada de historia, que en sus paredes y muros late la memoria de la sociedad industrial y sus protagonistas, con sus virtudes y sus defectos, sus luchas, sus arrepentimientos y sus fracasos. Esta carga resulta magnética para un artista con mis intereses, básicamente porque me brinda la oportunidad de fracturar el tiempo, de crear una atemporalidad disruptiva y estimulante, de poner en conflicto nuestra lectura del edificio empleando la arquitectura como parte de la obra y como testigo insobornable de la historia.

No corren buenos tiempos para cultura ¿Por qué perder el tiempo haciendo y montando exposiciones?

Porque generan conocimiento y proponen reflexiones útiles para la sociedad. A veces propositivamente o planteando interrogantes, y otras veces críticamente y en forma de denuncia. La cultura es uno de los grandes logros y una de las manifestaciones más estimulantes de la capacidad inventiva del ser humano, al igual que la ciencia y la filosofía. Pobres seremos si no invertimos en cultura.

Jorge trabaja con técnicas y lenguajes diversos –fotografía, vídeo, instalación, arte sonoro, cartografías, textos y material de archivo-, y recurriendo a estrategias híbridas más o menos impostoras, para que sus proyectos funcionen como universos ordenados y comunicantes tal como el propia artista explica …

Fotografía, vídeo, pintura, ¿se complementan bien o las has tenido que obligar?

Se complementan en la armonía y en el conflicto. Y si las haces dialogar con la arquitectura, el sonido y las sensaciones físicas el resultado puede ser estremecedor. Son medios que conspiran para alcanzar un fin. Se trata de hacer preguntas interesantes y ponerlos a trabajar con inteligencia.

¿Con que disciplina te manejas mejor, vídeo, pintura, dibujo, fotografía?

Realmente no sabría por cuál decantarme. Todas me apasionan y todas exigen una aproximación al medio diferente. Tienen su propio tempo, sus recursos y posibilidades narrativas. Y pueden servir a distintos objetivos. Pero es cierto que en esta fase de mi carrera la fotografía ocupa un lugar central en mi trabajo. Como diría Roland Barthes, la fotografía no es subversiva cuando asusta, trastorna o estigmatiza, sino cuando es pensativa. Y eso es lo que trato de conseguir con mi uso del medio fotográfico. Lo mismo podría decir del dibujo. Tratándose del vídeo, la instalación o las piezas sonoras, empleo estas técnicas para crear atmósferas, para construir estados perceptivos propicios al diálogo honesto y la reflexión crítica. Son medios que uso para plantear ideas más o menos abstractas, proponer ficciones evocadoras y vivencias que se puedan compartir.

¿Qué te mueve a la hora de hacer una obra, sentimientos, emociones…?

Ante todo me mueven las ideas, que están en la raíz de cualquiera de mis investigaciones e iniciativas artísticas. A partir de ahí no puedo trabajar sin una fuerte pulsión experimental y una necesidad creativa que se nutre de diversos procesos experienciales, pasión, y sentimientos varios que pueden oscilar, dependiendo del proyecto, desde la fascinación y la inquietud hasta la indignación más áspera y corrosiva.

Que algo o alguien se haya quedado obsoleto no significa que carezca de valor

Ha realizado numerosas exposiciones individuales y colectivas en distintos países europeos y americanos, en instituciones públicas y privadas …

¿Exposiciones individuales o colectivas? ¿Por qué?

Ambas son oportunidades útiles. Desde mi punto de vista, los artistas no somos nada sin confrontar nuestro trabajo con el público. No en vano soy de los que piensan que el arte debe tener una función social, generar debates y aportar algo útil a la sociedad que nos acoge o nos expulsa. Dicho esto, la muestra individual es la que más nos expone, pero también la que nos permite desarrollar un discurso más completo y armado, con más posibilidades de comunicación, compartición y entrega. Las colectivas, por su parte, nos brindan la oportunidad de dialogar con la obra de nuestros colegas artistas, y eso siempre es enriquecedor. De uno u otro modo, las recibo como una fuente de vivencias y una oportunidad para el aprendizaje.

Tus influencias o maestros

Mis influencias son variopintas y proceden de múltiples disciplinas: Walter Benjamin, Jorge Luis Borges, Ortega y Gasset, Zymunt Bauman, John Baldessari, Bernd y Hilla Becher, Joan Fontcuberta, Annette Messager, Victor Burgin, Shirin Neshat, Bill Viola, Mogwai, Debussy, Mozart y Vangelis.

¿En qué país, de los que has visitado o expuesto, se aprecia mejor el arte?

En general diría que en los Estados Unidos. Allí creo que el artista goza de una consideración más elevada y sólida. Y puede que en Suiza y Alemania también.

¿Y en qué país te sientes más reconocido o aceptado?

Para ser justos, tengo que decir que en España, dado que es donde más veces he expuesto y donde he recibido más apoyos y visibilidad para muchos de mis proyectos. En Suiza, México, Italia y los Estados Unidos también me he sentido reconocido y aceptado.

¿Te han impuesto alguna vez temas para trabajar sobre ellos?

Nunca. Es cierto que alguna vez me han sugerido temas y hemos llegado a un acuerdo para desarrollarlos desde mi sensibilidad y con total libertad ética y artística. Esto ocurrió, por ejemplo, en el año 2014 cuando desde la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona me propusieron trabajar el tema de la violencia sistémica en algunos países. Yo recogí el guante y así fue como nació la exposición “Ese gallo quiere maíz”, una reflexión sobre la corrupción y la violencia en México que toma como punto de partida el asesinato 6 personas y la desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa y mi propia experiencia en aquel país.

No puedo trabajar sin una fuerte pulsión experimental y una necesidad creativa que se nutre de diversos procesos experienciales

Otras veces ha sido el encuentro con una persona lo que ha motivado un cambio importante en mis temas. Cuando trabajaba como artista residente en la Academia de España en Roma entrevisté a un antropólogo llamado Giorgio de Finis, un personaje que, aprovechando el abandono de una antigua planta envasadora de carne y una legislación confusa, había instituido un museo de arte habitado por inmigrantes y refugiados de guerra “sin papeles”. Pues bien, mis conversaciones con él y con los habitantes del museo tuvieron una fuerte influencia en el desarrollo posterior de aquel proyecto, tanto así que me sentí “obligado” a modificar mis metodologías de trabajo para incorporar aquella experiencia.

Más recientemente, mi galerista en Suiza Fabienne Levy, me propuso hacer una exposición trabajando el proyecto “Ruinas que (no) ves…” en el contexto suizo. Yo acepté procurando darle una vuelta de tuerca para que me supusiera un desafío mayor. Finalmente investigué el impacto de algunos entornos industriales transformados en el paisaje natural helvético con un enfoque eco-social y empleando formas de representación inspiradas en la arqueología. Son modos de acercar posturas y aunar esfuerzos.

¿Trabajas por encargo o por propia iniciativa?

Generalmente por propia iniciativa, pero acepto encargos. ¡Faltaría más!

¿Qué te preocupa más: la censura o la autocensura?

Ambas son preocupantes, por cuanto suponen una restricción forzosa, improductiva y poco inteligente de la libertad de las personas. El amor y el miedo mueven el mundo, y sobre todo el miedo estimula la censura y la autocensura. Siempre es difícil, pero es nuestra responsabilidad superar el miedo y generar ecosistemas sociales menos polarizados y más tolerantes, donde nos sintamos aceptados y partícipes de la vida en comunidad.

¿Qué obra te gustaría haber realizado, pero ya existía?

No lo sé… Tal vez una pintura de Vermeer.

¿Esta crisis nos está dejando obsoletos o desfasados?

Esta crisis provocada por la pandemia, por nuestro propio desenfoque colectivo y nuestras prioridades desordenadas, nos pone frente a un espejo conflictivo y para nada complaciente. Debemos observar con atención la imagen que nos devuelve el espejo e incluso mirar a través de su superficie reflectante. A partir de ahí, que nos estanquemos en la nostalgia, nos desfasemos o viremos el rumbo hacia un horizonte mejor es responsabilidad nuestra…

¿La crisis te ha inspirado o te ha encerrado?

Ambas cosas. Me ha hecho reflexionar sobre cómo vivo y sobre cómo vivimos. Sobre nuestro modelo productivo. Sobre lo próximo y lo lejano, lo local y lo global. Reordenar mis prioridades y eliminar alguna que otra influencia tóxica. La imaginación y la incertidumbre son muy viajeras…

Por último, proyecto después de la pandemia

Tengo varios. Estoy trabajando y buscando apoyos para editar un libro con parte del material fotográfico que integra el archivo del proyecto que ahora se expone en Tabacalera Promoción del Arte. También intento que la exposición itinere por museos, instituciones y galerías, nacional e internacionalmente. Creo que tiene mucho recorrido por delante… Además, estoy desarrollando un proyecto sobre el concepto de espacio-tiempo liminal en la periferia de nuestras ciudades, entornos donde la vida resiste bajo presión y en situaciones de extrema vulnerabilidad. Esto se plasmará en una publicación de artista y una pieza de videoarte.

(Créditos de las fotografías: Jorge Conde, Galerna Foto, Neige Sánchez y Francisco Posse)

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