El Centro Cultural Casa de Vacas (Madrid) alberga hasta el 26 de julio una exposición del artista Bryan Bucheli en la que expone una mirada única y crítica sobre la relación entre espacio, identidad y representación en el contexto particular. Una serie pictórica que aborda la representación de los espacios domésticos a partir de la experiencia personal del artista como trabajador doméstico.
Home Sweet Home: una visita que deja más preguntas que certezas
Confieso que acudí a ver Home Sweet Home sin apenas conocer la obra de Bryan Bucheli. Había visto alguna imagen aislada, pero poco más. Quizá por eso llegué sin ideas preconcebidas, dispuesto a dejarme sorprender por una propuesta que prometía reflexionar sobre el espacio doméstico desde una experiencia muy particular: la del propio artista como trabajador doméstico.
Y sorprenderme, desde luego, me sorprendió.
Desde las primeras obras tuve la sensación de estar recorriendo escenarios en los que había ocurrido algo, aunque nunca se terminaba de revelar qué era. Las imágenes, muchas veces difusas, poseen un aire casi cinematográfico, como fotogramas detenidos de una película de suspense. Hay habitaciones, muebles y objetos cotidianos que, lejos de transmitir la tranquilidad asociada al hogar, generan una extraña mezcla de misterio e inquietud.
No puedo decir que fuera una exposición que me conquistara desde el primer momento. Al contrario. Salí con sentimientos encontrados. Hubo cuadros que captaron mi atención por esa atmósfera tan contenida y silenciosa, mientras que otros me resultaron excesivamente herméticos, como si el mensaje quedara reservado únicamente para quien conociera de antemano el proceso creativo del artista.
También me llamó la atención el montaje de la muestra. Algunas obras aparecen sujetas a la pared con simples grapas, una solución que, en un primer momento, me hizo pensar en una instalación realizada con cierta premura. Después pensé que quizá esa precariedad era deliberada, una forma de reforzar esa sensación de desasosiego o de construir una especie de archivo improvisado, alejado de la pulcritud de una exposición convencional. Si esa era la intención, debo reconocer que no termina de quedar del todo clara, y el visitante puede quedarse con la impresión de que el continente no acompaña plenamente al contenido.
Lo más interesante de Home Sweet Home es que evita la tentación de convertir el lujo en objeto de admiración. Bryan Bucheli mira esos interiores desde la posición de quien los conoce por dentro, no como propietario, sino como trabajador. Sus pinturas parecen hablar menos de las casas que de las huellas invisibles que dejan quienes las habitan y quienes las cuidan. Los objetos adquieren una presencia casi inquietante, como si conservaran una memoria que normalmente pasa desapercibida.
Al abandonar la sala seguía sin saber muy bien si la exposición me había gustado. Pero quizá esa sea precisamente una de sus virtudes. No todas las muestras tienen que provocar admiración inmediata. Algunas prefieren sembrar la duda, incomodar un poco al espectador y obligarle a seguir pensando en ellas una vez ha salido del museo. Home Sweet Home ha conseguido eso conmigo. Creo que no es poco.