Detrás del Grupo Le Cocó hay mucho más que una colección de restaurantes de éxito, existe una historia familiar construida con pasión, intuición y una forma muy personal de entender la gastronomía y la hospitalidad. Alba y Luis González Martínez son la segunda generación de un proyecto que nació del espíritu emprendedor de su padre y que, con el paso de los años, se ha convertido en uno de los grupos gastronómicos más originales y reconocibles de Madrid.
Su crecimiento no ha sido fruto de las prisas, sino de una evolución cocinada a fuego lento, basada en el trabajo diario, la creatividad y la capacidad de arriesgar con conceptos diferentes. Cada uno de sus espacios posee una identidad propia, con una cuidada puesta en escena y una propuesta culinaria que invita a viajar a través de sabores, ambientes y experiencias. Restaurantes temáticos, cartas inspiradas en cocinas del mundo y una estética desenfadada forman parte del sello distintivo de un grupo que ha sabido romper moldes sin perder autenticidad.
Con una combinación de humor, libertad creativa y una cocina cosmopolita llena de influencias internacionales, Grupo Le Cocó ha logrado convertir cada apertura en una experiencia singular, donde la gastronomía se mezcla con el diseño, la diversión y una manera cercana de entender el disfrute alrededor de la mesa.
INOUT VIAJES conversó con los hermanos González Martínez, responsables de uno de los grupos restauradores más originales de Madrid.
Todo comenzó en 2014, cuando el padre de Alba y Luis González Martínez decidió hacer realidad un sueño que llevaba años rondándole la cabeza: abrir su propio restaurante. Con la ilusión y el entusiasmo de quien emprende un proyecto muy personal, reunió a sus hijos y les lanzó una propuesta tan sencilla como ilusionante: “Vamos a montar una taberna”. A partir de ahí comenzó la búsqueda de una identidad y de un nombre que reflejara el carácter cercano, familiar y desenfadado del proyecto.
‘Entre ellos se llaman de una forma cariñosa coco; “yo propuse llamarlo simplemente ‘El Coco’”, recuerda Alba, mientras que Luis quiso darle un aire más cosmopolita y sofisticado. “Pensamos en añadirle un toque afrancesado y así nació ‘Le Cocó’”.
Un nombre sencillo, con personalidad y fácil de recordar, que acabaría convirtiéndose en la marca de uno de los grupos restauradores más originales de Madrid.
Le Cocó fue el origen de todo el grupo. ¿Cómo recordáis aquellos comienzos y vuestra incorporación al proyecto familiar?
Le Cocó fue el punto de partida de toda esta aventura gastronómica. En el local, donde hoy está La Cerda, fue el primer restaurante del grupo y el que terminó dando nombre a todo el proyecto. A partir de ahí comenzaron a surgir nuevos conceptos y espacios con personalidad propia.
Queríamos crear espacios donde la gente se sintiera libre, cómoda y sin prejuicios: venir a disfrutar sin complejos.
Con el paso de los años llegó también uno de los momentos más difíciles para la hostelería: la pandemia. Fue entonces cuando nuestro padre decidió comprar la parte de su socio y quedarse al frente del proyecto como único propietario. En ese contexto sentimos que era el momento de dar un paso adelante e implicarnos de lleno en el negocio familiar.
Aunque ya habíamos trabajado como camareros y conocíamos desde dentro el ritmo y la exigencia de un restaurante, nuestra formación iba por otros caminos y no veníamos del mundo hostelero. Aun así, nos lanzamos con mucha ilusión y ganas de aprender. Entramos poco a poco en todas las áreas del negocio, desde la gestión diaria hasta la atención al cliente, creciendo junto al proyecto y aportando una visión nueva y más generacional al grupo.
¿Qué estudiabais en aquel momento y cómo fue tomar la decisión de dejarlo todo para incorporaros al proyecto familiar?
En aquel momento nuestras vidas iban encaminadas por caminos completamente distintos a la hostelería. Mi hermano estaba estudiando Ingeniería Industrial y realizando prácticas en una empresa, mientras que yo cursaba un doble grado en Publicidad, Protocolo y Organización de Eventos, terminando los últimos exámenes de la carrera.
La decisión de incorporarnos de lleno al proyecto familiar surgió casi de forma natural, en un momento en el que sentíamos que debíamos apoyar a nuestro padre y aportar nuestro granito de arena al crecimiento del grupo. Lo hicimos sin una formación específica en restauración ni experiencia en gestión hostelera, pero con muchísimas ganas de aprender y de involucrarnos en algo que también sentíamos muy nuestro.
Con el tiempo nos hemos dado cuenta de que la hostelería ha sido nuestro verdadero máster. Hemos aprendido desde dentro, enfrentándonos al día a día del negocio, entendiendo al cliente, resolviendo problemas y creciendo a base de experiencia, trabajo constante y mucha pasión por lo que hacemos.
Vuestros restaurantes tienen una identidad muy marcada y fácilmente reconocible. ¿Cómo se construye y se mantiene ese concepto común sin perder la singularidad de cada espacio?
La identidad del grupo nace precisamente de esa intención: que cada restaurante tenga alma propia, con una estética muy definida y una atmósfera muy cuidada, pero sin perder nunca la coherencia del conjunto.
Buscamos que la gastronomía no sea solo el centro, sino parte de una experiencia más amplia en la que conviven la diversión, la cercanía y una cierta irreverencia entendida desde el buen gusto. Cada espacio tiene su propio universo, pero todos comparten una misma forma de entender la hostelería: crear lugares con personalidad, donde la gente se sienta cómoda y quiera quedarse.
Incluso la decoración y el arte forman parte de esa identidad tan marcada del grupo. ¿Qué papel juegan en la experiencia de vuestros restaurantes?
Sí, totalmente. La parte artística y decorativa es fundamental para nosotros y forma parte de la experiencia tanto como la cocina. Trabajamos con un artista de Zaragoza que creó una pieza inspirada en el universo de La Cerda, donde aparecen representados personajes y elementos de nuestros otros restaurantes. Es un cuadro muy divertido, lleno de referencias internas, que conecta todos los proyectos del grupo en una misma narrativa visual.
Además, con el tiempo se ha ido generando algo muy bonito de forma orgánica: muchos clientes han querido participar en ese universo creativo. Algunos han intervenido en el propio espacio, otros nos han regalado obras o piezas que hoy forman parte de la decoración. Eso ha hecho que los restaurantes no sean solo nuestros, sino también de la gente que los vive.
La hostelería ha sido nuestro verdadero máster; hemos aprendido desde dentro, en el día a día del restaurante.
Se ha creado así una comunidad muy fiel, con un vínculo emocional muy fuerte con el proyecto, donde el arte, la decoración y la experiencia en sala se mezclan para dar forma a un lugar vivo, cambiante y lleno de personalidad.
¿Cómo se estructura actualmente la oferta gastronómica del grupo y qué personalidad tiene cada uno de sus conceptos?
Actualmente el grupo cuenta con seis restaurantes en Madrid, cada uno con una identidad muy definida, pero todos conectados por una misma filosofía creativa y desenfadada. Dentro de la propuesta gastronómica conviven tres restaurantes italianos, que aportan una mirada más clásica dentro del universo del grupo, junto a dos conceptos temáticos muy potentes como La Cerda y La Morenilla, donde la experiencia va mucho más allá de la cocina y se construye también a través del espacio, el humor y la puesta en escena.
En total, son restaurantes que reflejan muy bien la diversidad del grupo, su capacidad para reinventarse y su apuesta por conceptos que buscan sorprender y generar experiencia más allá del plato.
Una curiosidad, ¿probáis todos los platos antes de incorporarlos a la carta?
¡Sí, siempre! Es una parte fundamental del proceso creativo en el grupo. Ningún plato llega a la carta sin haber sido probado, ajustado y validado por el equipo. Nos gusta que la cocina tenga personalidad, pero también coherencia y sentido dentro de cada concepto, así que todo pasa por un proceso de cata interna muy exigente, pero a la vez muy creativo.
Probamos, repetimos, corregimos y afinamos hasta que sentimos que el plato encaja no solo en sabor, sino también en la experiencia que queremos ofrecer en cada restaurante. Al final, no se trata solo de que esté bueno, sino de que cuente algo y tenga sentido dentro del universo de cada proyecto.
¿Cómo es el proceso de creación de una nueva carta en vuestros restaurantes?
El proceso depende de si se trata de una carta completamente nueva o de una simple evolución, pero en general suele durar entre un mes y mes y medio. Todo empieza con un análisis detallado de la carta anterior: estudiamos qué platos han funcionado mejor, cuáles no son operativos en cocina, cuáles no resultan rentables y cuáles, simplemente, no han conectado con el público.
A partir de ahí, junto con nuestro chef ejecutivo, Daniel Lombas Sinoga, definimos una línea creativa clara que encaje con la identidad de cada restaurante. Se desarrollan propuestas más teóricas, se debaten ideas y se empieza a imaginar no solo el sabor, sino también la presentación, la experiencia en sala y los costes aproximados de cada plato.
Si un plato no funciona, se retira. La carta tiene que responder siempre al cliente, no a nuestras preferencias.
Cuando esa base está definida, entramos en la fase de pruebas, que suele ser la más intensa y creativa. Podemos pasar horas ajustando sabores, texturas, cantidades y emplatados hasta dar con el equilibrio perfecto. Una vez todo está cerrado, se realizan los escandallos, se concretan proveedores y se fijan los precios.
Antes del lanzamiento oficial, los platos se introducen durante unas semanas como fuera de carta para testar la reacción del cliente y facilitar también la adaptación del equipo de sala y cocina. Solo cuando todo encaja y funciona en el día a día, la nueva carta se lanza de forma definitiva. En total, el proceso completo puede alargarse entre mes y medio y dos meses.
¿Qué sucede cuando un plato no funciona en la carta? ¿Os ha pasado alguna vez?
Se retira. Así de claro. Si un plato no funciona, no se mantiene por inercia, se elimina de la carta para dar paso a nuevas propuestas.
Sí, nos ha pasado en más de una ocasión. Algún plato que a nosotros nos encantaba y en el que teníamos muchas expectativas no ha terminado de conectar con el público. Pensábamos que podía ser un éxito, pero simplemente no ha encajado, y en ese caso se toma la decisión sin dudar y se retira de inmediato.
No nos encariñamos con los platos. Al final, la carta tiene que responder al cliente y al funcionamiento real del restaurante. Y si alguno nos gusta especialmente, siempre queda la broma de que nos lo quedamos para hacerlo en casa (ríen).
¿Qué papel tienen vuestros padres actualmente dentro del grupo?
Sobre todo, tienen un papel de apoyo emocional, que para nosotros es fundamental en un proyecto de este ritmo y exigencia. Han estado desde el inicio y siguen siendo una figura clave de respaldo y equilibrio en el día a día.
Además, siguen muy presentes en la vida del grupo: vienen a los restaurantes los fines de semana, están al tanto de lo que ocurre y, sobre todo, aportan su visión y experiencia cuando surgen decisiones importantes. Especialmente en nuevas aperturas o en momentos estratégicos, su opinión sigue siendo muy valiosa y nos ayuda a tomar perspectiva.
¿Tenéis planes de expansión a corto o medio plazo?
Sí, queremos seguir creciendo, pero de momento centrados en Madrid. Nuestra idea no es expandirnos por expandirnos, sino seguir consolidando el grupo aquí, afinando conceptos y asegurándonos de que cada nueva apertura tenga sentido dentro de nuestra identidad.
Nos interesa más crecer con coherencia que en volumen, manteniendo la personalidad de cada proyecto y la calidad de la experiencia. Madrid sigue siendo nuestro punto de partida y nuestro laboratorio natural, así que por ahora el foco está completamente aquí.
¿Por qué habéis decidido centraros únicamente en Madrid por ahora?
Principalmente por una cuestión operativa. Nuestros proyectos requieren una implicación muy directa en el día a día y un control muy cercano de todo lo que ocurre en cada restaurante.
Madrid es nuestro laboratorio: preferimos crecer aquí antes que expandirnos sin perder el control del proyecto.
En este momento, no nos planteamos crecer en otras ciudades si eso implica perder ese contacto directo o tener que delegar en exceso. Para nosotros es fundamental estar presentes, entender cada detalle y poder reaccionar con rapidez en la gestión.
Por eso, preferimos seguir consolidando el grupo en Madrid, donde podemos mantener esa cercanía con los equipos, con los locales y con la propia esencia de cada proyecto.
¿Pasáis por todos los restaurantes?
Sí, aunque no de forma diaria en todos ellos. No tenemos una oficina tradicional como tal; uno de los restaurantes funciona como punto de encuentro y también como una especie de “coworking” desde el que coordinamos el día a día del grupo.
Nos gusta mantener un contacto muy directo con todo lo que ocurre: el negocio, los proveedores, los equipos y, por supuesto, los clientes. Esa cercanía forma parte de nuestra manera de trabajar y de entender la hostelería.
De hecho, cuando hace falta, no tenemos ningún problema en ponernos el delantal y salir a sala a servir mesas. Al final, creemos que estar presentes en todos los niveles es la mejor forma de entender realmente lo que ocurre en cada restaurante.
¿Cómo describiríais el tipo de cliente que tiene cada uno de vuestros restaurantes?
Está bastante definido y cada restaurante ha ido encontrando su propio público de forma muy natural.
En La Cerda predomina un perfil muy moderno y diverso, con una presencia importante de público femenino, comunidad LGTBI+, gente joven y también muchos visitantes que vienen de fuera de Madrid buscando una experiencia diferente.
La Morenilla, en cambio, tiene un ambiente más familiar, con un público que valora una experiencia más tranquila, cercana y pensada para disfrutar en grupo o en familia.
Y Fellina que es quizá el más versátil. Entre semana recibe sobre todo a gente que trabaja en la zona, mientras que los fines de semana se transforma y atrae tanto a familias como a parejas que buscan una cena más especial o romántica.
El universo Le Cocó no es solo una colección de restaurantes, sino una forma de entender la gastronomía como experiencia, juego y comunidad. Alba y Luis han transformado un proyecto familiar en una marca con identidad propia, donde el producto, el diseño y la actitud conviven con naturalidad. Un grupo que ha sabido crecer sin perder su esencia: la de un lugar donde comer bien es solo el principio.