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martes 12 de mayo de 2026, 08:30h

La vida es una rave sin final

A veces sin principio

La peste de la danza fue un extraño brote de coreomanía ocurrido en Estrasburgo en 1518, donde cientos de personas bailaron compulsivamente durante días, provocando agotamiento y muertes.

Bailar como síntoma, como fuga o como resistencia.

ESE RUIDO ES UN ANIMAL

SALA CUARTA PARED (MADRID)

en la Sala Cuarta Pared, el teatro olía más a club que a platea.

Y el pogo qué…

No porque hubiera humo o bajos atronando —aunque algo de eso también flotaba en el ambiente— sino porque ‘Ese ruido es un animal’, la nueva pieza escrita y dirigida por María Velasco, entiende la cultura rave no como decorado generacional, sino como un estado físico y emocional. Un lugar donde los cuerpos buscan todavía encontrarse mientras el mundo se digitaliza a toda velocidad.

La rave aparece aquí lejos del cliché hedonista o de la postal nostálgica de los noventa.

Velasco no mira la fiesta electrónica desde fuera, como fenómeno sociológico exótico, sino desde dentro de su potencia ritual. Lo que le interesa no es la música como entretenimiento, sino el baile como forma de comunidad y, quizá, de supervivencia. En la obra, un grupo de jóvenes queda atrapado durante la pandemia en el espacio ambiguo de un festival que acaba convirtiéndose en refugio, encierro y laboratorio emocional. Y ahí emerge una de las intuiciones más interesantes del montaje: en tiempos de aislamiento y vínculos virtuales, bailar juntos puede ser una de las últimas experiencias verdaderamente físicas y colectivas que nos quedan.

‘Ese ruido es un animal’ acierta especialmente al capturar algo esencial de la cultura rave: su mezcla de euforia y fragilidad. En escena, los personajes parecen moverse permanentemente entre el trance y el agotamiento, entre la necesidad de pertenecer y el miedo a desaparecer. La rave funciona como una utopía temporal donde las identidades se suspenden por unas horas. Nadie pregunta demasiado quién eres fuera de la pista; importa más cómo ocupas el espacio, cómo respiras junto a otros cuerpos, cómo compartes el ritmo. Velasco convierte esa suspensión en materia dramática.

Hay momentos en los que la obra recuerda que la rave nació también como respuesta política: espacios periféricos, clandestinos o autogestionados donde inventar otras formas de convivencia. Y eso resuena con fuerza en una generación marcada por la precariedad, la ansiedad y la sensación de futuro bloqueado. La pieza parece preguntarse continuamente qué queda hoy de aquella promesa colectiva.

¿Puede seguir existiendo comunidad en una cultura atravesada por pantallas, algoritmos y consumo instantáneo? ¿O la rave ha terminado convirtiéndose también en una experiencia empaquetada para redes sociales?

La respuesta de Velasco no es nostálgica ni moralista. No idealiza el mundo club ni cae en el discurso fácil de “antes todo era más auténtico”. Más bien muestra cómo incluso dentro de esos espacios de liberación aparecen el vacío, la soledad y la dificultad para comunicarse. Pero también insiste en algo importante: el cuerpo todavía guarda una memoria de lo común. Cuando los personajes bailan, se rozan o simplemente comparten el cansancio después de horas de música, aparece una verdad que la obra considera irreductible a lo digital.

Escénicamente, ‘Ese ruido es un animal’ tiene algo de sesión electrónica expandida: repeticiones, pulsaciones, acumulación sensorial, momentos de deriva y estallidos repentinos de intensidad. La dramaturgia no siempre busca una narrativa cerrada; a veces avanza como avanza una noche larga de música electrónica, por oleadas emocionales. Eso puede desconcertar a quien espere un relato convencional, no importa, hay que seguir adelante…

También resulta muy sugerente la conexión que establece la autora entre la rave contemporánea y fenómenos históricos como la “peste de la danza”: cuerpos que bailan hasta el límite en momentos de crisis social. Velasco parece sugerir que, cuando una época se vuelve inhabitable, el cuerpo responde moviéndose.

Bailar como síntoma, como fuga o como resistencia

Si hubiera que señalar un posible riesgo del montaje, quizá sea su propia ambición conceptual. La acumulación de referencias —pandemia, cultura club, historia de la música, identidad política, catarsis colectiva— puede hacer que algunos momentos se perciban más discursivos que dramáticos. Pero ese es el universo de María Velasco: un teatro que piensa mucho, que mezcla poesía y teoría, y que no teme incomodar o exigir atención activa al espectador.

En conjunto, ‘Ese ruido es un animal’ parece consolidar a María Velasco como una de las voces más singulares de la dramaturgia española actual: una autora capaz de convertir cuestiones sociales y generacionales en experiencias escénicas sensoriales, políticas y profundamente contemporáneas. Más que una obra sobre música, es una obra sobre la necesidad humana de reunirse, tocarse y reconocerse en los otros cuando todo empuja hacia el aislamiento.

‘Ese ruido es un animal’ no ofrece respuestas sobre la soledad contemporánea ni sobre el futuro de los vínculos humanos, pero sí plantea una intuición poderosa: quizá seguimos reuniéndonos alrededor de la música porque necesitamos comprobar que aún somos capaces de sentir algo juntos.

¿Lo somos?

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